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UamSiban al caballero, acompañaría á s u e s p o s a y al n i ñ o y otras veces tenia que ir p a r a Madrid, y la m a d r e y el niño salían de Sevilla solos, sin t e m o r á nadie. Qaé h a M a n de temer, cuando h a c í a n más l) ien á, los pob r e s de esta t i e r r a! P e r o n o todos somos agradecidos en el m u n d o y u n a de l a s veces en que salieron p a r a el campo la señora do D. Podro y el niño, desaparecieron. Sucedió lo que t e n i a que suceder: y fué que al enterarse D. P e d r o estuvo como p a r a perder el sentido, y todas l a s culpas c a y e r o n sobre J u a n Caballero. L a suerte que t u v o J u a n í a é q u e como n u n c a l e faltab a n amigos q u e le advirtiesen de los peligros que le amen a z a b m bubo u n o de aquéllos que l e avisó de lo que ocurria. J u a n que en su vida supo lo que e r a el miedo, poro m u c h o menos lo que e r a l a ingratitud, h a b í a comido el p a n en l a casa de D. P e d r o L a n o t i c i a del secuestro le i n d i g n ó P a r t i d a s de t r o p a salieron en porsecución de la g e n t j de Caballero, ¿Y n o dieron con éi? -A f o r t u n a d a m e n t e respondió llenando los vasos y bebiendo. J a a n n i t a i d o n i perezoso, resolvió b u s c a r á l a madre y al n i ñ o Dejó á los chicos p o r u n o s días y marchó, confiando en su b u e n a suerte. H a b r á n observado ustedes que h a y u n sinnúmero de imitadores que en c u a n t o ven algo q e vale lo falsifican. Y eso p a s a b a entonces, que todos los t u n a n t e s que se e c h a b a n á la vida eran J o s é María ó J u a n Caballero, 6 de su p a r t i d a cuando menos. P o r esta r a z ó n le e c h a r o n culpa del secuestro al señor J u a n y á los suyos: por los falsificadores. Entretanto recorríaunhombresolo todos los rincones de la provincia donde calculaba que h u b i e r a probabilidades de dar con los secuestrados. Y aun se vio en alguna ocasión expuesto á caer en m a n o s de la t r o p a Como que en u n a m a ñ a n a tropezó, sin poder evitarlo, con u n pelotón de soldados que m a n d a b a u n sargento. -Dios g u a r d e á ustedes, caballeros, dijo saludando. -El v a y a con su mercé, padre, respondió el sargento fijándose en el cam i n a n t e q u i e n por el vestido y el aspecto p a r e c í a u n c u r a de alguno de los pueblecillos próximos. Y luego le p r e g u n t ó ¿Para dónde b u e n o camina? -Paes v o y á r e c i b i r á u n sobrino seminarista q u e h a de llegar de h o y á m a ñ a n a y viene á pasar u n a tempor a d a conmigo. ¿Y n o t i e n e miedo á loa ladrones? ¿Qué han do robarme, hijo mío? -No es precisamente lo malo lo que quiten, sino lo que p u e d e n dar. -Sea lo que Dios quiera. Y como el? artjento manifestara cir- rta extrañeza al ver u n c u r a t a n b i e n m o n t a d o y t a n bien puesto á caballo, le dijo casi al oído u n o de los soldados, sevillano y en otro t i e m p o c o m p a ñ e r o de t r a b a j o del c a m i n a n t e -Es el p a d r e E o q u e de Cazalla de Ja Sierra. -Vaya, vaya, c o n t i n ú e su camino, y adelante nosotros. ¡Malditos ladrones! E n m u c h o s pueblos se b a l i a n organizado p a r t i d a s de escopeteros p a r a pprseguir á los ladrones. T a n t a e r a l a influencia de D. Pedro, y t a n t o el i n t e r é s que i n s p i r a b a su desgracia. E l padre Boque, m u y conocedor del t e r r e n o t a r d ó poco en d a r con los secuestrados. DIBUJOS DK MOTA D. P e d r o ofreció u n a fortuna a l a persona que le enviase noticias del p a r a d e r o de su esposa y de su hijo. Cuando el p a d r e E o q u e según le bautizó el soldado, se convenció de que la mujer y el niño estaban en poder de u n a p a r t i d a de falsificadores de esos que u s u r p a n h a s t a el nombre del prójimo, se presentó en la g u a r i d a de aquellos desgraciados. U n padre c u r a inspira cierta confianza, y más cuando sa dice portador de u n a cantidad respetable como indemnización digámoslo abi, por el gasto que h a y a n podido h a c e r las v í c t i m a s (Y diciendo esto reía el n a r r a d o r Í? or fin, cómo se a r r e g l a r í a el p a d r e E o q u e n o es do interés. Ello í a é q u e salió de allí con la esposa y con el n i ñ o de D. Pedro, ambos caballeros r n la j a c a que b a t í a llevado el páter, y vamos, que fíente á frente y n o t e niendo otro remedio, el pobre c u r a se vio obligado á desp a c h a r á dos ó t r e s de aquellos tunos... P o r q u e h a y q u e advertir que el c u r a n o i b a do vacio con las m a n o s en los bolsillos. ¡Pobre señora y pobre chiquitín! ¡Qué susto pasaron viendo l a l u c h a y con c u á n t a an. i dad esperaban en Dios, y él me perdone, que me a y u d a r a! ¡Cómo! p r e g u n t é a l posadero. ¿Usted era- -Luego, c u a n d o estuvimos en salvo, cayó de rodillas aquella h e r m o s a mujer desfigurada por el sufrimiento, y exclamando: ¡Estoy perdida, padre! L a consoló como pude, y pocas h o r a s después recibia D Pedro u n a c a r t a a n ó n i m a en l a que le decian: Solo ó acompañado, porqTie no se trata de xina encerríua, venga u teil y recogerá á su mujer y á sn hijo baños y salvos. No atribuya tist d el secuestro á mi gente, ni me agradezca! o hecho. DÍTe comido el pan en su casa, y sny agradecido. To los he salvado, y é ta es una de las veces m mi vida en que creo, y Dios y usted me perdonen, merecer el apellido que llevo. Juan CaiaUero. J) D. P e d r o recibió á su mujer en los brazos Ella n o era culpable. E l miserable había pagado con l a vida. Si h a b l a usted a l g u n a vez, t e r m i n ó el posadero, con el n i e t o de D. P e d r o dígale usted que me h a visto t a n gordo y... t a n viejo- ¿De s u e r t e q u e usted es- -J u a n Caballero, p a r a servir á usted, a u n q u e y a poco sirvo. EOUATIDO DE P A L A C I O