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UN CABALLERO Por la Sierra Morena va una partía. y al capitán Je llaman José María. -Hasta en coplas andaban los nombres de aquelJos valientes, aunque parezca feo el decirlo. ¿Qué vecino, y no insignificante, no hubiera dado un par de dedos de una mano de cualquiera por ser un José Maria ó un Juan Caballero, es un suponer? ¡Con cuánto entusiasmo me liablaba de aquellas fechas y de aquellos hombres el dueño de una posada para caballeros de las pocas que quedaban en la provincia de Sevilla! con guapeza, era como peleaban. Por fin, que hemos perdido mucho. La guarlia civil con la alegría de los caminos y de los pueblos. -Eso, ífirmó yo prudentemente; los guardias, y los ferrocarriles, y todo. -Y que ya no nacen hombres como aquéllos, hay que desengañarse. ¿Parece que conoció usted á esa gente? le pregunté. ¡Qae si la oonoei! Va usted á oir la última aventura del señor Juan Caballero. Y después de poner sobre una mesilla unos cuantos vasos pequeños y una botella de vino blanco, se sentó y empezó su relato. V í f l u m- T- ívsf -Verlos á caballo por aquella Sierra, continuaha, con sus chaquetones de paño burdo ó sus zamarras finas, y hasta sus chaquetillas con botonadura de oro en días de lujo, sus calzonas, sus buenas hotas de campo, sus fajas de lana ó de seda, sus mantas jerezanas, sombreros redondos sobre pañuelos también de seda, y aquellas bocachas colgando de la silla del caballo á la mano derecha, y sus pistolas y sus cuchillos de monte asomando en la faja ¡Vamos, que daba gusto y miedo á la par de ver aquellos hombres! Y después de desahogarse, proseguía el posadero: ¿Y eso de robarle al rico y remediar al pobre? ¿Y lo de no asesinar en jamás á una persona? Siempre cara á cara. -Se trata de una persona á quien usted conocerá por lo menos de nombre, y asi es que me le callaré, porque la historia nada pierde con eso. Ello era que vivía en Sevilla un caballero de una vez, persona distinguida, maestrante, rico y con un corazón que no le cabía en el pecho. Casó este señor con una joven más bonita que una onza de oro, hija de familia también muy principal de Córdoba, y con tan buenos sentimientos como su marido. Tuvieron estos señores un nijo único, y excuso decir lo que adorarían al niño. Pasahan días y aun temporadas en el campo, donde tenían la mar de hacienda, y unas veces D. Pedro, que así