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Creo sineeramente que fué una pesadilla y no aparición de espiritus malévolos; pero aún abruman mis oídos aquellos gritos estrilentes: parecía que degollaban ¿la vez millares de gallinas. Ello es que en el transcurso de mi vida no he vi to tantas viejas como anoche vi reunidas, chilhmdo á un tiempo y haciendo ruido con trébedes y latas, con cazos, aceiteras y peroles. Estaban apedreando mis balcones con dentaduras postizas, y al asomarme en ellos oí que me vitoreaban y vi que arrojaban al aire sus pelucas y agitaban sus escobas. Allí crc- j ver en cuclillas las momias del P cifloo; me pareció que los oemoDtoriüS habían expulsado do sos nichos todas las suegras que estaban enterradas, y me sorprendió, al ver su aspecto imponente, cómo la ciencia déla guerra no ha utilizado) a supgra para arma de combate. Vi legiones de viejas, tripudas unas, acartonadas otras, y marchitas, secas y fibrosas aquéllas, y algunas con p. padas lacias y colgantes; caras apopléticas ó acuchilladas j or las arrugas, brazos descarnados, cuellos de eigüaija, ojos llorosos, dedos retorcidos como garras, mucha carne amarilla y muchas greñas flotando por el aire. ¿Qaé me queréis, visiones? exclamé lleno de espanto. ¿Estáis en pecado mortal y pedís misas- Una rechifla estrepitosa interrumpió mis palabras; casi todas siUaban con tus canuteros y palillos de hacer media. -N o he querido oíenderos, sino limpiar vuestras culpas con el ceJT pillo de las Animas, abuelas venerablf s. El estruendo no me dejó acatar: la palabra abuela habla indignado á las amotinadas. -Jóvenes de ultratumba, exclamé con voz melosa. Graciosas siempre vivas, ¿lué deseáis? ¡Justicia! ¡justicia! repitieron. -Bien está: voy á avisar al juez do guardia. ¡No! ¡no! -Que bable una sola. ¡Yo! ¡yo! ¡yooo! Era imposible entenderse. -Que hable la más anciana. Todas enmudecieron de repente. -Qae hable doña Ménica, que faé visita de Godoy dijo una de las más alborotadoras. -Tú estuviste en Trafalgar Eras mascarón de proa, replicó doña Mónica. ¡Silencio! le grité. ¿Está entre vosotras la que hechizó á Carlos II? Casi todas se miraban unas á otras con recelo; por fin dijo una paleta á su ladc: -Carlos Segundo era de mi troeblo. Hubo un clamoreo unatempestad de risas aloir aquella revelación. -Si, señoras, repetía la vieja con terquedad; Carlos Segundo y Gareia. ¡Cs- Uen todas! Busquen una que sea muda, y diga por señas lo que quieren. Eabia cojas, tuertas, jorobadas, patizambas y tullidas; pero no se encontró una vieja miada.