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Hay clases como en todo, en este oficio. Y asi, los alfombrisías puros y netos, sin mezcla de esparto, se elevan cien codos sobre el nivel de los simples estereros, lío llevan blusa, ni vienen tan temprano, ni comen tan fobriamente. Pero paeden más los segundos, porque la estera es la tradición, y, en definitiva, reunidos bajo el techo del piso qu 8 se está poniendo de invierno, sin banderín ni insiguias que los distingan, son de idéntica utilidad para el que desea tener pronto su casita abrigada. Se les ba recibido con todos los honores. Los muebles ya no tienen fundas, y sus coZor s de mil distintos tonos celebran la reprisse anual, embelleciendo la habitación y entrelazándose alegremente, como satisfechos de verse despojados de sus sudarios. De los espejos cayeron también las gasas defensoras de las audacias de las moscas, y esperan gozosos la hora de volver á reflejar cosas bonitas y á sostener interminables coloquios con sus amigas íntimas. Todo reluce y brilla en las habitaciones; lo que faltaba por arreglar y descubrir, se termina mientras los estereros cosen y clavan y estiran las alfombras y las estera? Y cuando á última hora de Ja tard á veces casi de noche, se acaba la faena, pueden creerse los trabajadores grandes señores alumbrados como se vi- n en muchas tasas por luz ele ofcrica ó de gas, y contemplando sus lustos rudos y simpáticos en los eíppjos ó en los mármoles y bronces. Su misión ha terminado. Gente honradísima ante todo, no haya escrúpulo de que en la casa que esteran falte un alfiler. Volverán, pasados muchos meses; volverán cuando las obscuras golondrinas cuando el buen tiempo llame otra vez á los cristales reclamando el fresco de las baldosas, las fundas, las gasas y los abanicos. Volverán cuando el invierno, con sus infinitos peligros, haya terminado, hiriendo á muchas personas en sus afecciones, y dejando en otras la ilusión engañadora de la inmortalidad. Y como acotan puede decirse, el tiempo estas operaciones del estero y desestero, yo veo siempre salir de mi casa á los estereros con algo muy semejante á la melancolía, porque pienso, cuando la puerta se cierra tras ellos y crujen los peldaños de la escalera bajo el peso de sus rápidas pisadas, si cuando vuelvan estaré y estaremos todos como ahora nos dejan. Puede admitirse, pues, cierta filosofía en e as siluetas opacas, grises y mudas de los estereros madrileños, que, como las hojas del calendario, guardan secretos imposibles de descifrar. DIBUJOS DK A L B E R T I ENIUQL: E SEPÜLVEDA