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Como ni yo ni mis compañeros disponíamos de arma alguna, todo lo que pude hacer fué protestar del atropello que se hacia al fuero militar, y, quieras que no, doblando la cabeza ante uu permiso en forma del Estado Mayor trances de que habla cuidado de proveerse el alcalde, me dejé conducir i, empellones á la cárcel del pueblo. IV Del tiempo que estuve en el sucio y ahogado calabozo en que me encerraron, no tengo noticia siquiera. Sólo sé que hasta él llcg 6 el rumor lejano de las tropas que se ponían en marcha hacia Madrid, y que de lágrimas se llenaron mis ojos al ver que ni el consuelo de seguir Ja suerte de mis compañeros de armas me era dado. Algunas horas después el alcalde, aquel alcalde de que tanto habla renegado, se presentó solo en mi prisión, y antes de que tuviera tiempo de hacerle la menor pregunta me tendió un papel, diciendo: -Caballero oficial, ahí tiene usted la prueba de su horrible delito. Mi sorpresa llegó á su colmo cuando pude enterarme de que el documento en cuestión era una cariñosa carta que dirigía al alcalde, recomendándome eficazmente, mi tío el deán de Toledo, el único amparo de mi orfandad, el que me habia servido de cariñoso padre en mi infancia. ¿Todavía no lo comprende usted? murmuró la primera autoridad de Ocaña. Ayer me hubiera sido imposible salvarle. Esta noche, gracias á mis mañt s, podrá usted tomar el camino que más le plazca, y que ya sé yo que no será iauufL í S R t j S V tSU S r k. w sino el que pueda llevarle á sitio donde EC l H -i J g J B t o f f h J B o xcí ñ fortuna que esta vez pueda sen íí- 1 Bt. r S Sfei T C tar las costuras á esos perros gabachos. BK h b. Mi oírle, cal en sus brazos sollozando, no sé si por la suerte de la patria ó si en 1 4 flHHft JIMH KflEÉkrecuerdo de las lágrimas que á aquellas BMW- J B K horas estaría derramando por mí mi buen tío. V Cuando aquella noche el alcalde me sacó de la prisión disfrazado y no sin grandes precauciones, un brioso caballo perfectamente enjaezado y provisto de no escasas municiones de guerra y boca me aguardaba á la salida del pueblo. ¿Sabe usted á quién pertenece ese hermoso animal? me preguntó mi des; interesado y generoso salvador presentándome el estribo. -No es íáoil que lo adivine, me limité á contestar. -Pues nada menos, respondió el alcalde con énfasis, que al que pomposamente se llama á sí mismo rey de España y de sus Indias, y que para nosotros ni pasa ni pasará nunca de ser Pepe Botella. Como amén de la alcaldía desempeño la plaza de albéitar titular, pen sando en usted le he retenido, á pretexto í de curarle de un torozón de que ya está perfectamente bueno y sano. Cuando llegue la ocasión de dar cuenta de él y -de usted, ya veré yo modo de arreglármelas. Ahora lo principal es saber si ese bruto que ha tenido la honra de llevar sobre sus lomos al rey menos rey que ha habido en el mundo, es lo bastante duro y resistente para poner en salvo á un español puro y neto. ¿Y usted sabe á lo que se expone? pregunté, dudando todavía si aceptar aquel generoso servicio. -No lo ignoro, contestó el albéitar- aloalde; pero de eso no se cuide el señor teniente. A pesar de que no falta quien me crea con mis pujos de afrancesado, tenga por cierto que si á costa de mi vida pudiera hacer lo qué con usted con todos los prisioneros, mal año si entraba uno sólo en Madrid. Dicho esto, me despidió con rudeza. Yo, sin encontrar palabras con que mostrarle mi reconocimiento, partí á un medio galope que no inspirara sospechas álos centinelas que se oían á lo lejos, y antes de un cuarto de hora perdía de vista el teatro de uno de nuestros mayores desastres. Si después pude hacer toda la campaña, y hasta pasar el Pirineo el año 14 combatiendo ya en su tierra á los que tan villanamente se habían querido apoderar de la nuestra, se lo debí en no poca parte al caballo del rey José, pero principalmente al alcalde de Ooaña, del cual sólo recuerdo que, no sé si de apellido ó como mote, le llamaban todos ÁíiaEL R. CHA. VES Cachupín. DiBDJOS DK E S T B V A N