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¡Y q ué doloroso y lamentalile fué el cnadro á que luego taimos actores y espectadores á la vez! Guando nos hacían desfilar, dejando las armas en pabellones, por ante aq utíi grupo de mariscales y generales del Imperio, del que se destacaban los ostentosos uniformes de Soult, Mortier, Sebastiani y Víctor formando contraste con la sencillez del que vestía el titulado rey José, el que más y el que menos envidiábamos la suerte de los que se quedaban para siempre mordiendo el polvo de aquellos llanos desde entonces tristemente célebres. -f í. cienes y de dejarnos sentir la dura mano del vencedor, se cuidó con particular esmero de que, sobre todo á los oficiales, se nos alojara dignamente hasta el momento de ponernos en marcha para la capital. A mi me dieron por albergue una casa de la misma población de Oeaña, donde los dueños se desvivieron por que nada nos faltara ni á mi ni á otros tres compañeros de infortunio. Sin embargo, todo lo que pudieron darnos fué un mediano refrigerio y un lugar en el granero donde tomáramos el descanso de que tan necesitados estábamos. Breves minutos hacía que ese sueño intílbinquilo de los momentos de angustia había cerrado mis íatigados párpados, cuando el ruido de unas voces me despertó lleno de sobresalto, casi al mismo tiempo que me veía rodeado de un grupo que luego supe se componía del mismísimo alcalde de Ooaña y de sus más escogidos alguaciles. -En nombre de S. M. Don José I, dése preso el más redomado bribón que ha vestido uniforme, dijo el monteri 11 a tendiendo con solemnidad sobre mí la vara símbolo de su jerarquía. i