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Sitt embargo, los salones ma Irileños (nos rcfeiioios á aquellos salones que perjianecían diariamoníe abieitos para sus habituales contertulios) se lian ido cerrando lentamente. Lejos de Madrid la duquesa do la Torre, la hermosura célebre en torno de la cual se congregó un tiempo lomas conspicuo de la corte; muerto recientemente Mr. Baüer, el opulento israelita que protegía las artes como un Mediéis y congregaba á su mesa á, lo más notable de la política contemporánea, puede decirse que sólo quedan hoy tres ó cuatro salones con fisonomía esencialmente distinta: el délos Sres. de Cánovas del Castillo, en que la política domina; el de la duquesa de Denla, el de Ja duquesa de Alba, el de los marqueses de Vistabella y el de la marquesa de Squilache, al que consagramos nuestra crónica de hoy. Cuando esta ilustre dama llevaba el titulo de marquesa de Villamantilla por su unión con el distinguido periodista y diplomático del mismo título, llevó la representación de España á la corte del sultán de Turquía y á la capital de los Estados Unidos. En sus frecuentas viajes por el extranjero, la marquesa de Villamautilla adquirió tal núcleo de SALÓN DE C o N F I l N Z A relaciones entro los altos personajes de otras cortes, que hoy es raro el diplomático que llega á España y no trae una visita de lejanos amigos para la actual a; arquesa de Squilache. Viuda más tarJe, su salón de la plaza de Colón fué uno de los más frecuentados por la sociedad madrileña; y cuando después de su matrimonio con el opulento D. Martin Larios se instaló en las habitaciones del palacio de ViUaliermosa, aquella morada, alhajada con tolos los refinamientos del lujo y todas las exquifiteoes del buen gusto, figuró ya, y sigue figurando, como una de las más notables de la sociedad de Madrid. Besde que regresa de sus posesiones de Motril, donde acostumbra á pasar el otoño, la marquesa de Squilache se instala en su magnifica residencia, y ya lo saben sus amigos, allí la encuentran diariamente: la mesa siempre dispuesta para diez ó doce cubiertos; Jos salones siempre abiertos ó iluminados espléndidamente; las porcelanas y Jos jarros de Bohemia rebosando de flores; las plantas de estufa formando espléndido dosel á la hermosura, y sobre todo y por encima de todos estos atractivos, la conversación amena y chispeante de la amable señora de la casa. Los que llegan á primera hora al palacio de la plaza de las Cortes encuentran invariablemente á la marquesa de Squilache sentada delante de una mesita tapizada de peluche gris perla, vistieulo una elegantísima en la que nunca se combinan más colores que el blanco, el negro, el gris ó el malva, colores de medio luto que desde su viudez ha adoptado para todos sus trajes. Habitualmente un hilo de perlas rodea su garganta, y un broche de brillantes luce á menudo sobre el pecho y despide vivísimos destellos á la Juz de la lámpara, velada por pantalla de encaje y seda rosa. Los diplomáticos extranjeros y los españoles del antiguo régimen se inclinan respetuosamente ante la dama y rozan con los labios su fino guante de Suecia; todos escuchan una frase amable y para todos tiene conversación adecuada. El grabado que figura en esta plana presenta el aspecto que ofrece uno de los salones después de las once de la noche. Se han formado ya las mesas de tresillo. La mesa cara, como la llaman en su jerga los aficionados, es la que preside la marquesa, y á la que se sentaba siempre ¡y Dios quiera que se vuelva á sentar pronto! el ilustre general Martinez Campos, con quien solían alternar el general Primo de Bivera, los ex ministros Sre? López Puigcerver