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Jos hijos queridos que creyó muertos, sufriendo la otra el dolor más horrible de haber perdido en pocas horas al hijo adorado. Para esta madre que se queda sola en el mundo no hay consuelo posible. Durante dos días, las alarmantes y al principio inexplicables dolencias que asaltaron á, los huérfanos de Aranjuez llenaron de ansiedad la opinión pública, en la creencia de que el cólera que hoy castiga á Tánger había logrado penetrar hasta el centro de la península. El entierro de M. Pasteur El Q- obierno francés había resuelto hacer á Pasteur funerales nacionales, supremo homenaje que era justo rendir al modesto sabio cuyas felices investigaciones no tuvieron más que un objeto: el bien de la humanidad. La población de París asistió recogida y silenciosa á este desfile pom. po 80 de altos dignatarios, de profesores ilustres, de representantes de todas las clases de la sociedad, unidos por un mismo sentimiento de gratitud, de dolor y de respeto. ¡Contraste notable! El sabio modesto que en el curso de su laboriosa existencia había huido siempre del brillo y los honores, ha sido objeto en el día de sus exequias de la manifestación pública y oficial más solemne qco puede con obirse. El féretro, depositado en el Instituto Pasteur, fué bajado en hombros de discípulos y admiradores y en presencia de los ministros y representantes de las Facultades científicas. Púsose en marcha el cortejo, encuadrado por toda la guarnición de París, mandada en persona por el generalísimo Saussier. Rompían marcha los batallones de la división Madelor; tras ellos iban las delegaciones de todas las sociedades, corporaciones y centros científicos de la gran metrópoli. Seis carruajes llenos de coronas parecían desmoronarse bajo aquella balumba de flores. Las coronas ofrecidas por el rey de Portugal, la Escuela Politécnica y el Gobierno, eran llevadas al brazo. Las bandas militares cerraban con la escolta de soldados esta primera parte del cortejo. Venia luego el carro fúnebre tirado por seis caballos empenachados; los seis cordones que pendían del féretro eran llevados por M. M. Poincaré, Joseph Bertrand, G- eorges Perrot, Brouardel, Gastón Boissier y Bergeron. Cuatro maestros de ceremonias llevaban sobre almohadones de terciopelo las condecoraciones del difunto. Tras ellos iban los individuos de la familia, el Gobierno francés en pleno y los grandes Cuerpos del Estado por el orden marcado en la etiqueta. La comitiva llegó á Nuestra Señora, donde tuvo lugar la ceremonia religiosa, á la cual asistió el Presidente de la República. El cuerpo del que fué en vida sabio ilustre y honra de Francia ha de descansar definitivamente bajo Jas sombras del jardín que rodea al Instituto Pasteur, en un rincón cercano á los laboratorios donde pasó casi entera la vida del eximio hombre de ciencia.