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La turbia Este importante aeonteeimiento, que eu nada ha iaflaido sobre la política, el arte, la esceaa ni demás fases de la vida pública, ha sido, sin embargo, trascendental para los domésticos hogares, caya patriarcal y sencilla tranquilidad se vio de la noche á la mañana seriamente comprometida. La dirección del canal da Lozoya circuló al vecindario un aviso que con lamentable frecuencia se repite: Viniendo turbia la corriente del río por efecto de las tormentas, y próxima á acabarse el agua clara de los depósitos, se advierte que va á ser preciso poner en cicoulaeión el revuelto líquido que trae el Lozoya, porque no hay más cera que la que arde. Los sumisos vecinos de Madrid, que en pocos meses se han visto ya sin pan, ya sin agua, ya sin luz y sin moscas, se dieron por enterados, y abandonando el engañador grifo de la cañería, pensaron en el agua de los cantiguos viajes siempre fiel, constante y solicita para con los madrileños, á pwar de que éstos la desprecian casi todo el año, prefiriendo á sus viejoj manantiales los modernos chorros del Lozoya, inconstantes é ingratos. Creyóse quí la tarbia duraría veinticuatro horas, ó dos días á lo más, como otras veces, y nadie se apuró por tan triste, paro Can corta interinidad. Mas la persistencia de la turbia fué mayor que lo que se pensó; la más hacendosa dueña de casa pecó de poco precavida, y la prolongación de tal estado de cosas dio lugar á muchos conflictos eu los hogares y á sinnúmero de escenas callejeras, una de las cuales reproduce exactamente nuestro grabado. Agarraron sus cubas todos los aguadores que en Madrid han sido prontos á resucitar una industria ya muerta ó muy decaída cuando menos: la de los traidores de agua como dijo el otro; mas al llegar con sus recipientes á la plaza de Pontejos, á la de San regorio, á la fuente de los Galápagos, de la Cibeles y de Puerta Cerrada, se encontraron ¡oh dolor! con que Su derecho habla prescrito, y ya no eran reconocidos ni sa antigüedad ni sus méritos y servicios. Infinidad de maritornes y chiquillos provistos de jarras, botijos, pucheros, ollss y cacharros de todas clases, aguardaban vez junto al caño de la fuente ó alojados de ella, según el sitio que ocupaban en la cola, convenientemente ordenada y custodiada por la guardia municipal. Estos días podrá haber estado más ó menos concurrido el paseo de la tarde en Esooletos, en el Eetiro ó en la calle de Alcalá; lo que no cabe dada es que el grueso de la concurrencia popular y madrileña de arriba- abajo ha estado en aquellas plazuelas 7 rincones donde historiadas fuentes ó sencillas columnas dejan caer el agua de los viajes antiguos, supremo recurso y salvación indudable del pueblo de Madrid en los críticos días por que hemos atravesado. El aspecto geuuinamonta madrileño y popular que puede apreciar el lector en nuestro grabado, instantánea tomada en la plaza de San Gregorio, presentaron día y noche las cercanías de la Cibeles, el callejón de Arlaban, la plaza de Pontejos y tantos otros sitios donde manan las fuentes antiguas. Allí ha podido recoger López Silva timos y desplantes de sobra para sus diálogos; Eicardo Vega, escenas para sus saínetes; Huertas chiquillas y chulas para sus dibujos, y Mecachis, perfiles de extraordinaria fuerza cómica. JPotograJia Oe Franzetu,