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La calle de Alfonso TJaos la llaman asi. otros la ealle Nueva; el azalejo de la esctuina dice: Calle de Don Alfonso I el Batallador. Allí está el comercio de lujo, las casas fliimantes, el tránsito principal de la ciudad, porque el zaragozano, y sobre todo la zaragozana, va, todos los días al Pilar, y al Pilar conduce la ealle Nueva. Llámase asi porque lo es en efecto, aunque relativamente. La abri 6 poco antes de la Kevoluoión el gobernador Candalija contra viento y marea y echando mano de su potestad discrecional, porque la nueva calle, prestando un gran servicio á la ciudad, lastimaba muchos intereses particulares. Ancua, céntrica, tirada á oorlei, es la vía mejor de Zaragoza; el comercio y el vecindario la adornan espléndidamente durante las fiestas del Pilar, y enfocándola desde el Coso tal como está tomada en la fotografía, se distingue al final la cúpula grande de la basílica entonando el conjunto y formando un fondo muy bello. Los cabezudos Son la nota popular, oalláiera, típica, c irastarístiía ie toio fjstajo zaragozano. Apenas la ciudad se alegra por algo, echa á la calle á los gigantes y á los cabezudos. Eecu rdo que de chicos el sonido de la gaita y los golpes del tambor nos sorprendían alegremente cuando nos preparábamos á ir al colegio metiendo aleluyas entre los libros y metiendo los libros en la eaitera. ¡Hoy no hay clase! ¡hoy no hay clase! ¿Pues qué ocurre? -Han salido los cabezudos; dicen que el ejército libertador ha entrado en Bilbao. Y asomados á los balcones contemplábamos con envidia la bulliciosa carrera de los chicos de la ciile saltando y trotando delante de los cabezudos. Lejos de carecer de mérito artístico, lo tienen, y gran le, aquellas cabezotas de cartón verdaderamente colosales, no comparables á las de los enanos que tienen otras poblaciones. La habilidad del famoso Oroz hizo en cada cabeza la caricatura de un zaragozano ilustre y popular; los notables de Zaragoza de hace treinta ó cuarenta años dejaron á los hombres su ejemplo y á los chicos su caricatura. Este año se han remozado los gigantes y se han rejuvenecido los cabezudos; todo el verano han estido en los talleres del Hospicio dando betún á la cara del marico del Pilar, planchándole la chistera a, l forano y arreglando las barbas del gigante primero. Los sastres y comercios de Zaragoza han regalado paira las restauradas cabezas trajes flamantes, y el actual alcalde, mi distinguido amigo don Manuel Oastillón, no sólo puede vanagloriarse con su cartel de fiestas, con la ida del Nuncio, de dos ministros, de mucha gente forastera, y la mitad de Cataluña medio de balde, sino que, mostrando al pueblo los gigantes y cabpzudos recién barnizados, puede afirmar también que es el primer alcalde do la restauración.