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¿Seguirá 2 iragoza elevando estatuas á sus hijos ilustres? ¿Sa erigirá por ñn el grupo de los Sitios? No sé; mas con. respecto á éste último, casi aseguro que por iaspirada y sublime que fuera la obra del escultor, nunca habla de resultar tan sugestiva ni había de tener la dra mática autenticidad que presenta en sus mellas la puerta del Carmen, en sus ruinas el templo de Santa Engracia, en sus rotos muros el convento de San Lázaro, y en sus hoyos y señales aquella esquina prodigiosa de la calle del Palomar, mudo cantor déla derrota de Jas águilas francesas, expulsadas de Zaragoza á guitarrazos. El ferial En la colección fotográfica de mi amigo el 1 oven artista Julio Callen, que artista y muy artista es preciso ser para sorprender á tiempo tipos y escenas de la realidad, encuentro para ésta mi sencilla crónica casi todo el material fotograbable, y á ella pertenecen las tres lindas escenas que reproducen el ferial de Zaragoza mucho mejor que mi pluma podría explicarlo. Por la ribera del Ebro, entre el mtiro que protege los edificios avanzados de la ciudad y la faohada trasera de éstos, del Pilar, del Palacio Arzobispal, del Seminario, etc. etc. se sitúa el ganado mular principalmente, sobre el cual se ajustan y concluyen los tratos y contratos entre el gitano dicharachero, curtido y más listo que el aire, y el baturro, escaso de palabras, pero largo de observación y dispuesto a n o dejarse engañar. La gracia socarrona del gitano y el ingenio cachazudo del aragonés tienen allí mil ocasiones de mKnifestarse. Cuéntase que un sño dos chalanes llevaron á vender una burra quo días antes habían robado en una torre de las cercanías. Turnaban entrambos en el cni ado dul animal, y mientras uno descansaba bebit- ndo tinto de Cariñena ó blanco de Cosuenda en una taberna de la puerta del Ángel, otro cfiraba el trato y adjudicaba la burra á un comprador, que no era otro sino el verdadero dueño á quien habían despejado poco hacía. Apenas el baturro quedó montado, cuando iK. e apretó los talones al vientre del animal para probar su trote según dijo; pero tal fué la carrera, que ya no volvieron verle el pelo. Chasqueado y mohíno estaba el elialán cuando su compañero vino á relevarle. ¿Qaé es eso? ¿Has vendió la burra? -Sí; ya está vendía. f- ¿Por cuánto? -Pos mira: ¡por lo que mus costó á nosotros! En el ferial de Zaragoza se admiran ejemplares magníficos del ganado mular; la muía es en Aragón la bestia de tiro, de labor, el animal indispensable en las casas de labranza, hasta el punto de que la riqueza de los labradores de por allá se cuenta siempre por sus pares de muías. Una muía buena es á veces el clou del ferial, y en torno suyo se forma corro de calzones cortos y fajas moradas. En cierta ocasión un chiquillo tenía del ronzal á una; el maldito animal se había cruzado en el camino ó impedía el paso. -Chiquio, ¿es segura? preguntó un baturro antes de decidirse á pasar iunto á los cuartos traseros. -Si, siñor, sí, muy segura. Pasó el baturro, y ¡no fué par de coces el que lo tiró la muía al sentir el roce! Por fortuna, el baturro salió ileso; pero exclamó con indignación desde el otro lado: ¡Bediez! ¿no decías que era segura? -Y lo digo: ¡como que es la primera vez que se ha equivocan!