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La plaza de Aragón Bastarían esta plaza hermosísima y el magnifico paseo de Santa En. JS Bfgracia que de ella arran- j ca, para dar á la capital de Aragón renombre de Lit ciudad importantísima, a u rica, floreciente, avara de sus glorias, pero no dormida sobre ellas, sino caminando á paso de gigante por las vías del adelanto material. Hace pocos años a plaza de Aragón so llamaba Glorieta, y erguida en ella la es- atna do Pignatelli, ponía c jntemjpJar el desieito á su alrededüi; toda la urbanización se reducía al abandonado oditioio de la Exposición Aragonesa, muerta en flor cuando la G- loriosa. Hoy Pignatelli está, rodeado de espléndidos jarilines; ve á su frente la iacuUad y la creciente urbanizaoióa del paseo de Cuóllar; contempla á su alrededor hoteles bellísimot: el del ministro de Ultraniar, el del conde de la Vinaza, la Capitanía general también flamante, etc. etc. La plaza de Aragón es el trozo más lindo de la Ziragaza nueva y pajaute. Si se tratira de un viaje artístico y curioso, yo internaría al lector por el barrio de San Pablo para qne viese baturros y cabezas liada iríamos al patio de la Infanta, á la Lonja, á la Aljaferia; veríamos cerca de las Mónicas ventanas y puertas elocuentísimas donde aúa hablan los balazos del francéji, y recorreríamos las naves de la Seo evocando aquellas ceremoniosas coronaciones de los Reyes de Aragón ó el asesinato de San Pedro Arbués; mas éstos son días de fiesta, de animación, de bulla y algazara; el forastero busca diversiones, y ansia ver cuánto ha adelantado Zaragoza y qué hay de nuevo dentro de sus puertas. Por eso le llevo á la vieja glorieta, desconocida de diez años acá, y no haya miedo que en nuestro camino la lluvia nos moje, aunque caiga de recio. Desde la plaza de la Constitución, donde se eleva el dios Nocturno con su ancora, hasta, a, plaza de Aragón, tenemos camino cubierto, magnífica tirada de porches sin solución de continuidad, gracias á las casas nuevas levantadas en él Paseo, La estatua de Pignatelli No es muy abunds nte que digamos la Zaragoza monumental. Echa de menos el artista una estatua á G- oya, y el amante de nuestra historia regional un monumento á Alfonso I el conquistador de la ciudad, á Pedro I I I el Grande, al mismo Fernando J I (Yde España) tan injustamente obscurecido or la sentimental figura de su egregia consorte; echa de menos, sobre todo, el viajero en la capital do Ara ít gón algo que recuerde á propios y extraños la gran epopeya de los Sitios, un grupo escultórico sobre elevado pedestal cuajado de figuras y bajo- relieves, monumento en armonía con la grandeza del hecho y con su plástica hermosura, como asunto á desarrollar por el escultor Zaragoza, avara de sus glorias, no quiere, por lo visto, ponerlas en medio de la calle. Hay el proyecto de reconstruir la Cruz del Coso en recnerdo de los innumerables mártires, pero el proyecto no avanza; se intentó levantar en medio de la plaza de la Constitución un monumento al Justiciazgo, y allí está en el patio de la Diputación la estatua sedeiits de Lai ¡u? a que ha de adornar el plinto déla proyectada columna, símbolo de aquella gran institución de nuestro derecho político. Más aíortunado que los reyes, que los justicias, que los poetas, cronistas y diplomáticos de Aragón, ha sido el g- rn Pignatelli, en cuyo honor se alza la úuioa estatua de Ziragoza sobre modesto pedestal plantado en rcediodelos jardinillos de la vieja G- lorista de Santa Engracia. Rl canal de Aragón, por él construido en tiempos da Carlos I I I da vida á la huerta de Zaragoza y á Ja comarca feíacisima comprendida entro Tudela de liTavarra y las primeras tierras del bajo Aragón. Don Ramón de Pignatelli se alza orondo y enérgico sobre el pedestal, dando la espalda á Zaragoza y mirando adelante, hacia la playa de Torrero, lamida por las aguas del canal Imperial.