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Y hay que ver estos días el Pilar henciiido de devotos y forasteros, esplóadido de luminarias, colgando de sus cúpulas lámparas de plata maciza y mostrando al pueblo los prodigiosos faroles del Eosario, cada uno en su peana. Forman cola los devotos con objeto de adorar el pilar, cuelgan sus ex votos á la Virgen de la Esperanza, y acuden á, éste ó al otro altar donde les llama la campanilla; no se da punto de reposo el viejo silenciero dando golpes de regatón con su vara de plata coronada por las armas del Cabildo, y allá al medio día, cuando la concurrencia disminuye y los servidores barren los mármoles del suelo, adivináis por la gruesa capa de polvo que arrastran aquellas escobas silenciosas la fabulosa cantidad de fieles que ha recorrido las naves del Pilar. La Virgen de la procesión El sagrado pilar está clavado allí donde la Eeina de los Cielos lo dejó, según la tradición sagrada, y sobre él la pequeña imagen de piedra, medio oculta por el manto riquísimo de lineas divergentes en su perfil. El pilar y su estatua son perpetuos é inconmovibles. Mas para que la Patrona excelsa de los aragoneses recorra su camino procesional nna tarde al año, figura entre las alhaias innumerables de aquella iglesia metropolitana una gran estatua de plata maciza y de talla relativamente moderna que, colocada en andas lujosísimas y llevada por sacerdotes, sale del templo á las cuatro de la tarde del día 12 y recorre la carrera clásica de la procesión entre los cantos de la clerecía, el incienso de los turíbulos y la lluvia incesante de flores que cae de todos los balcones de la carrera. La Santa Capilla Entrad en ella á cualquier ñora, á la hora qne os parezca peor: á las dos de la tarde en pleno Agosto, cuando cae el sol como plomo Mrviente, ó al amanecer de un día de Enero, cerrado el horizonte por la niebla y cubiertos de dorondón los árboles de la plaza del Pilar. En la capilla siempre veréis gente; sobre los eandelergs de la verja nunca dejan de arder las velas que por sí mismos colocan los devotos; el silencio ó la kobscuridad podrán haceros creer qus estáis solos, mas bien pronto os sacará de vuestro error el ruido de las monedas arrojadas al pie del pilar por los fieles que imploran á la Virgen á través de la verja de plata. La Capilla del Pilar es el foco de la curiosidad y del interés del forastero. Forma una iglesia dentro de otra iglesia, una devoción dentro de la devoción general cristiana. Es pequeña relativamente, sobre todo en dias como éstos, y no pudiendo albergar á todos los devotos, éstos oyen las misas ó rezan á la Virgen desbordándose del templete en líneas oblicuas, rayos vivos de devoción que salen entre columna y columna, teniendo por punto de partida el camerino de la Virgen. Éste se halla á la izquierda del altar. El centro lo ocupa un grupo escultórico representando á la Virgen en su aparición á Santiago, y á los siete convertidos, que ocupan en otro grupo el lado derecho. La Virgen del Pilar, refulgente de luces, de alhajas, bordados y piedras preciosas, apenas si se distingue bajo su manto y entre el brillar de la áurea corona, A menudo, un espectáculo muy tierno y muy zaragozano puede contemplar el forastero. Uno de los infantes del Pilar, con su sotana roja de larga cola y su roquete rizado que lleva delante un gran lazo de seda encarnada, sube las tres ó cuatro gradas que llevan al pie de la Virgen, conduciendo en brazos un chiquillo de pocos meses. De niños, todos hemos besado á la Virgen una vez y para siempre. Es un privilegio de los zaragozanos que sólo se alcanza cuando niño, cuando no hay sospecha de que la impureza menor haya podido manchar labios, ojos ó pensamiento.