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¡El fondo de calamidades! ¿Por ventura tiene otro la Hacienda española? Lluvias, pedriscos, granizos; ¡plugaiera al cielo que no llovieran sobre España cosas peoref! Mas tales y tan infaustas y continuas desdichas ñau caído sobre la patria en horrísono aporreamiento, que ya las aguas de Septiembre resbalan por nuestra piel curtida, y oímos el estallar de los temporales realmente como quien oye llover. ¿Ni qué impresión han de hacer las inundaciones manchegas y aragonesas en el templado ánimo español, que al gran Océano le llama el charco simplemente? Sirvan estas consideraciones de justificación al hecho de tomar las últimas inundaciones por fundamento de cosa tan ligera y baladí como mis artículos, pues aunque bien sé que no son los daños para tomados á risa, también discurro que si no tomamos el partido de reimos de nuestros propios males, va á ser cosa de entregarnos á la desesperación, ó cuando menos, de pasarnos serios y cejijuntos toda la vida, según da en volcarse sobre nosotros el depósito de todas las desdichas. Se extravían los mixtos, se pierden los expresos, los correos desaparecen, y las máquinas- piloto iamás han lucido con mayor verdad su sobrenombre, porque con a ua á la chimenea tienen que ejecutar la maniobra. Se ha perdido el tren número tantos leo en un telegrama oficial. ¡Caramba! ¿Y quién dice eso? ¿El guarJaagnjas? ¡Porque no parece sino que se trata de un alfiler! También se ha perdido el expreso número cuántos. -Paro ¿todo? T el guardafreno responde desde su casilla, sintiéndose Francisco I -Todo se ha perdido, menos el furgón. Poco á poco se van recibiendo noticias satisfactorias. Los trenes sorprendidos por el temporal zarpan en la estación de destino sin novedad á bordo. Y así arriban los últimos veraneantes á Madrid, sin mis daño que el mareo correspondiente. Algunos estudiantes pendientes del examen de Septiembre escriben desde el punto en que están detenidos por las aguas pidiendo al tribunal examinador que les envíe las calabazas por adelantado. Esto pasará; no sabemos de dónde, pero pasará seguramente. Es el baño general con que la nación se prepara á nueva vida, limpia de polvo y paja. Da gasto volver á ver este Madrid después de largos calores de ausencia. Tolo está igual ó casi igual; parece que fué ayer cuando abandonamos la corte allá por Julio. Los mismos sombreritos de paja en las cabezas masculinas: un poco negros los que eran blancos, y un poco blancos los que eran negros. Los tranvías abiertos alternan con los cerrados, y los clowns que ya se marchan, con los cómicos que empiezan á venir. Los ciclistas, bien: por ellos no pasan años; los transeúntes, lo mismo: por ellos no pasan bicicletas. Maldicen loa oficinistas su mala estrella, que ya no es sieüa matutina, sino vespertina, porque las horas de trabajo son por la tarde. Continúa en la Carrera de San Jerónimo el paseo crepuscular que tanto gusto dio al comercio de dicha calle. Y las cervecerías siguen de par en par, con la alegría consiguiente de los golfos y meudignillos amigos del azúcar al aire libre. Cuando se cierren las ventanas, terminará la zafra hasta el año que viene. Nadie se ocupa de política ni de administración. Como el interés de la patria está en Cuba, nos encontramos en el mejor de los nuevos mundos posibles. Cruzan por ahí los coches galoneados, y los vemos pasar con indiferencia completa; hay distraído que los toma por berlinas de punto, y los hace parar creyendo que llevan el alquila levantado. La cuestión teatral es la única que nos preocupa. El género grande, ¿triunfará en el Español ó en la Comedia? El género chico, ¿yencerá en Eslava ó en Apolo? Según las listas publicadas por las Empresas respectivas, las Compañías se han formado en pie de guerra. Talla va á verse negra para atender á tanto escenario; tendremos en Madrid como una veintena de ellos, sin contar con el teatro Gruignol en las Cortes y el teatro de la gaerra en Santiago de Cuba. Por este año paeden limpiarse los empresarios de provincias: la concentración se ha verificado en Madrid, y no queda ni siquiera un corista que cante para afaera. La calle de Sevilla hierve en artistas líricos, cómicos y aun trágicos. No va á haber en Madrid navajas suficient ís ni críticos tampoco para afeitar á tanto comediante. LUIS DiBiTJoa DI OILIíA ROYO VILLANOVA