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CARA AL INVIERNO ¡Se acabó el carbón! Es decir, se acabó el Yorano, que por poso nos ha carbonizado; y no es cosa de prolongar mis crónicas veraniegas basta que la primera capa deje ver por ahi los agujeros de la polilla, ó el último sombrero de paja se retire definitivamente por el foro, ó por el forro si lo gasta. i reparadas y por extender están mis letras, que he de expedir á ocho días vista como de costumbre; mas permítame el pío lector que alargue un poco más el paréntesis veraniego, siquiera el tiempo suficiente para que las llu- vias cesen, las nubts sj enjugaen y los temporales acaben, consiguiendo con esto que mis pobres letras de cambio no empiecen siendo papeles mojados cosa de todo punto contraria á, la formalidad, seriedad y crédito que debe encerrar todo documento mercantil. ¡Se acabó el verano! Vuelve la vida de la nación á correr por su oatice natural pasada la disgregación del estio, y torna á, su olivo cada mochuelo, con gran pesadumbre da algunos olivos que lograron durante el verano sacudirse 1 mochuelo de encima. Los últimos veraneantes se metieron en el tren ppnsando en la estación del Norte, y se encuentran con la estación de las lluvia las cataratas del cielo se han desbordado; convertidos en arrozales yacen los campos de la Mancha y las huertas de Aragón. Mucho bautizo es éste para el otoño recién nacido; todo el mundo cree que la caída de las hoias podría resolver este oonflioto meteorológico si las que cayeran, fueran hojas de papel secante. No tienen, por fortuna, las inundaciones de este año él funesto alcance que lograron otros Septiembres, cuyos rigores sacaron del olvido villas tan modestas como Consuegra y Villaoañas; pero llueven sobre la prensa y el Grobierno los telegramas humedecidos; comienzan las quejas del agricultor, que ya por lluvia de Tr ás, ya por lluvia de menos, nunca llega á ponerse de acuerdo con las nubes, y empiezan los alcaldes á pedir al ministro del ramo (del ramo de oliva, dadas las actuales eirctinstaneias) cantidades alícuotas del fondo de calamidades.