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Pero valiente y generoso, y un ehiq uiHo con los débiles y un león con los altivos y poderosos de la lierra. No extrañaba el maestro solador, que éste era el oficio que al tío Esteban proporcionaba muy buenos pesos, que hubiera rondadores por docenas para la chica: unos, al parecer, caballeros, y otros de más huoiilde alcurnia, según se adivinaba por sus vestidos. Una buena mujer, ya bien entrada en años, cuidaba y aun servia casi á. CarmenoiUa. Y no por desconfianza que al tío Esteban mereciese su hija, que seguro vivía de las virtudes y de la altivez de ella. Y la altivez de la mujer honrada llega á ser virtud que la convierte en invulnerable. Pero no hay precaución prudente y discreta que huelgue, tratándose de moza hermosa, en esos centros de corrupción, expuesta á tantos peligros y sin vigilancia de madre. Aquel Madrid, aun no pudiendo equiparársele con éste, era ya centro de corrupciin relativo. Y más en aquel barrio apartado, y cuando había pupilos en la corte. Todavía se conserva el callejón, y en él la casa que habitaron el tío Esteban, su hija y la dueña ó guardiana de Carmen. Como bajamos por la calle de Toledo, y entrando después en la de la Arganzuela, que empieza en la anteriormente citada y termina en el Campillo del Mando Nuevo, damos con el callejón del Tío Esteban, que así le denominan todavía. AHÍ está, en aquel callejón sin salida, la casa á la malicia según entonces se decía. Allí se conserva la reja, abierta hasta poco más de dos pies del piso de la calle. Y la puerta por doude entró en la casa el salteador de honras ajenas, y Q- raoias á que el tío Esteban contaba con muchos amigo? Y así no faltó uno que le advirtiese del peligro que corría Carmeneilla. -El rondador es persona importante, apuntó el amigo del maestro solador, -Eso ha de ser mentira, replicó descompuesto el tío Esteban en oyendo la advertencia. Conozco á mi hija, y sé que no podría engañarme. -Yo no digo que ella sea cómplice; pero aviso del peligro, porque debo hacerlo. -Y yo lo agradezco; pero lo dicho, hablando en plata: no soy hombre que oculte lo que siente. -He sorprendido ya tres noches á esos porque el galán nunca va solo: es personaje importante, y temerá tropezar con usted ó con cualquiera do nosotros. ¿Eh? -De oídas nos conoce, y sabe hasta dónde llegamos; y sí no lo sabe, se lo imagina. Excuso aconsejar á usted que no emprenda solo la aventura de espantar al pájaro, si esto se propone, maestro: para eso estamos aquí los amigos, para ayudarle en la cacería. liO que afligía al tío Esteban era la sospecha de la complicidad de Carmen. Nada le había dicho. ¿Seria inocente ó culpable? Excitados estaban los ánimos en aquellos días. La gente del bronce, y aan las personas cultas y las familiar paeíñoas, no podían sufrií. en silencio la intolerable arrogancia de aquel generalote soez titulado Gran Duque de Berg. El odio al extranjero en general, y á Murat en particular, se i centuaba. Los jefes y o ciales del ejército invasor paseaban y asistían á todos los sitios, campando por sus respetos y considerando á Madril como á país conquistado. La gente del pueblo I03 miraba, primeramente como á bichos raros, después como á fieras ó como á plaga que había caído sobre España. No era, seguramente, el callejón donde habitaba Carmeneilla y su padre via de primera clase, ni avenue tii houlevard de mucho tránsito. ¡Si entonces hubieran oí lo estas calificaciones los madrileños! ¡Boulevard! ¡Avenue! Excusado es decir que, á partir de aquella noche, el tío Esteban se dedicó á vigilar su tesoro. Para no levantar la caza, y previendo la complicidad de la chica y de sa dueña, nada dijo el padre ofendido. No tardó en convencerse de su desgracia. Dos noches después, y á la hora de Ánimas, poco más ó menos, estaba el tío Esteban oculto en el dintel de una puerta, favorecido por la completa obscuridad. Con él nadie estaba. No consintió que le acompañaran, -Para estos asuntos, cuanto menos testigos, mejor. Por la entrada del callejón se oyó ruido como de espuelas, y, más que ver, se adivinaba una especie de fantasma, un, hombro envuelto en capa blanca, dejando asomar por lo bajo la punta de la vaina de una espada. Parecía un buen mozo, y desde luego era militar. Un guardia de corp? Llegó á la puerta ds la casa del tío Esteban y tocó ligeramente con los nuiillos, operación quo repitió en los cristales de la ventana. Pero nadie respondió. El galán fantasma repitió la seña. De repente, á las cuatro ó cinco veces, y viendo la insistencia del que llamaba, se abrió la puerta y aparecieron en ella dos bultos. Por los uniformes, dos oficiales franceses. Mejor dicho, un oficial y un jefe de alta graduación. -Señor, aguarde V. E. decía una voz de mujer. -Quita, replicó en acento francés el que parecía jefe; me has engañado como á un niño: esa mujer no cederá jamás.