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LOS PRIMEROS TOROS- BUZABA y o por j- as calles de P o m p e y a cierta ta. rie de Mayo en que la n a t u r a l e z a engalanaba las seculares paredes da aquellos arqueológicos m o n u m e n t o s con las flores que hacía b r o t a r por entre sus piedras removidas, cual si i n t e n t a r a hacer volver á su a n t i g u a existencia á, la ciudad de los m u e r t o s Mi imaginación, fuertemente obsesionada por la excursión al cráter del Vesubio, de donde acabábamos de descender no sin grandes peligros, parecía trasladarme á los remotos tiempos mitológicos y envolverme en u n a atmósfera de fábulas paganas, cuyos t e t tros principales contemplaba admirado. E n u n a s partes el e x t r a v a g a n t e Momo aparecía en ridiculas formas haciendo mofa de todos los que le miraban; en otras, los sacerdotes de Cibeles danzaban en la boca de la célebre g r u t a haciendo resonar sus címbalos y tamboriles. El sol y a declinaba, y los g a a r d i a s com, Rnzaban á dar voces p a r a que salieran todos los turistas, pues n o se permitia l a estancia por la n o c h e Contrariado por esta orden y ávido de contemplar á mi sabor aquellas extrañas calles, resolví n o obedecer y hacerme el n i ñ o perdido. Apenas anduve algunos pasos, apareció la r o n d a por el extremo opuesto, la cual no llegó á verme porque me escondí en u n a botica, que t a l parecía 6, j u z g a r por su fachada, en l a que aparecían pintadas grandes culebras enroscadas u n a s en o t r a s P e r m a n e c í allí oculto unos minutos, y cuando y a supnse que era yo el único ser h u m a n o que respiraba en la famosa Pompeya, volví á salir á la calle y c o n t i n u é mi visita de inspección. L a noche entraba, y la l u n a comenzaba á d a r u n t i n t e misterioso y poético á aquellas r u i n a s Del Poro pasé al Liceo; crucé su gradería, bajé á la sala, subí á la escena, y por escotillón salí á campo raso y me encaminé hacia el Anfiteatro, dejando á l a derecha el c u a r t e l de t r o p a que t a n t o h a enriquecido al Museo do Ñapóles con los fósiles de soldados que so e n c o n t r a r o n en él. Algunos negros n u b a r r o n e s a n u n c i a b a n la proximidad de u n a tormenta, y me guarecí en u n pórtico. Al ruido de los t r u e n o s y al sordo r u m o r del mar, que r e p e r c u t í a n á intervalos en los muros derruidos de P o m p e y a destapé u n a botella del rico Lacrima Cristi, y con ella y el cansancio de u n a noche de t a n t o andar quedé dormido. Un sueño horrible en su principio, y en su final alegre y divertido y hasta con alguna analogía al lugar en que me hallaba, comenzó á desarrollarse en mi cabeza. Dieron las doce, hora en que, según se dice, las brujas salen, los genios h u y e n y los gnomos enciérranse en l a A l h a m b r a después de h a b e r llenado el espacio de imprecaciones. E n este momento abrían de p a r en p a r las p u e r t a s del A v e r n o y entre la atmósfera viciada y corrompida que respiraban sus enormes bocas se oían los aullidos del Cancerbero, y las culebras con que se adornaba retorcíanse fariosas cual si alg ú n sor extraño se acercase á sus dominios. C a r e n t e como de costumbre, estaba á la orilla de uno de los rios, metido en la b a r c a y esperando á las ánimas en pena que, mediante el óbolo consabido, debía conducir á la presencia de P i n t ó n E ta noche la b a r c a estaba lujosamente engalanada. De su o r n a t o habíase encargado la diosa Flora y recomendado á su marido Céfiro que obrase con la prudencia acostumbrada p a r a que n o se constipasen los dioses débiles. P o r q u e es lo que ella decía: Si alguno de los del m o n t ó n e s t o r n u d a é i n t e r r u m p e el discurso que P r o s e r p i n a nos prepara, deslucimos el a c t o Un g r a n ruido de voces hizo que Caron e so dispusiera para el viaje. En poco tiempo pstuvo la b a r c a llena de dioses y semidiosas, excepto Neptuno, que pn- firió ir andando t r a n q u i l a m e n t e sobre la superficie de las aguas. Todos muy jubilosos llegaron h a s t a el t r o n o de P i n t ó n Entonces P r o í- erpina tomó la p a l a b r a y dijo: ¡I, ¡Oh dioses y semidioses que habéis h o n r a d o mis cavernosos antro,