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de mi memoria ese cuadro lastimoso. Creí que era el más desgarrador de los dolores, y es una farsa. Y respiró alegrem. ente, perdonando el engaño por el placer que sentí al saber que todo era mentira. Las miró entonces con curiosidad, y me satisfizo el espectáculo como obra teatral. Era aquello, visto ya íriamente, la caricatura del dolor. ¿Y dio usted aviso á los guardias que iba usted buscando? preguntó mi amigo lleno de curiosidad. -No. Conozco en este mundo muchos farsantes que hacen comedias sociales y políticas, y jamás llamo á los guardias. Pero voy á referirle á usted otro caso. Entre los muchos pobres que forman en Madrid la aristocracia de la miseria, y son, por decirlo así, pobres conocidos, habrá usted visto una infeliz mujer que se arrastra por las calles valiéndose de las rodillas y las manos. También -4 fñ hay un tullido que marcha sentado en un carrito de cuatro ruedas, el cual muevo con dos palos á manera de remos, apoyándolos en el suelo. Pues bien: hace algunas noches, un grupo de gente obstruía un sitio de la calle de la Montera. ¿Qué ocurre? pregunté. -No lo sé, contestó un hombre; debe ser una riña de perros, porque las gentes los azuzan. Cuando me abrí paso, vi un episodio extraño y novelesco: habían logrado separar al tullido y á la tullida, que se habían acometido mutuamente y reñían en el suelo. Aquello era otra caricatura del dolor. Quise enterarme de la causa de la riña. -Nada: que se tienen envidia el uno al otro y pelean siempre que se encuentran. La una envidia al otro las cuatro ruedas de su carro: éste envidia á aquélla la agilidad de las rodillas. Y esta envidia del dolor ajeno, ¿no es otrp caricatura del dolor? JOSÉ F E R N Á N D E Z BREMÓN DIBUJOS DE A L B B R T I