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LA CARICATURA DEL DOLOR -Pero ¿cree usted q uo todo tiene caricatura en este mundo? -Todo: hasta el dolor. ¿Ha visto usted en alguna parte la caricatura del dolor? -En pocos días ho visto varia? todas diferentes; no eran creaciones caprichosas del lápiz ó la pluma, sino que tenían existencia real. Uno de estos días oí en la calle un cantar que parecía salir de una garganta enronquecida por el aguardiente. El cantor variaha de música, pero no de entonación: era indudablemente un borracho que se había instalado bajo mis balcones y que destrozaba con insistencia y pesadez todos los aires más populares de las óperas famosas, como si cantara responsos. No era posible escribir con aquel martilleo en los oídos, y me levantó para ver al desgraciado, que sppuse tendido en el arroyo desahogando su manía filarmónica. Un chico que pasaba por la calle dio una especie de aullido para burlarse del cantor y luego se detuvo como sorprendido: yo lo quedé también cuando en vez de un borracho vi en la calle un anciano de ropa estropeada, cuerpo encorvado y temblón, barba blanca y aspecto venerable, que con el sombrero en la mano y apoyado en un bastón cantaba en una esquina, rodeado de muchachos. La risa producida por las asperezas de aquella voz ridicula y gangosa se detenía en los labios ante la ma je stad de la vejez. Caían de los balcones algunas monedas, y los muchachos de la calle se apresuraban á recogerlas para evitar al anciano la fatiga de buscarlas. Ninguno se reía de los gallos y asperezas de aquella garganta senil y aquella voz nasal y temblona. Créalo usted; aquel viejo, cantando para pedir limosna, era la caricatura del dolor. -No la veo; usted dice que imponía, en vez de hacer reír, el espectáeulo. -Porque la caricatura del dolor no puede menos de tener un fondo de amargura. El viejo saludó con emoción á las gentes que le habían socorrido, y se retiró poco á poco, cantando tristemente. ¿Sabe usted lo que el infeliz cantaba fatigosamente al alejarse? La donna e mohile. -Me ha prometido usted contarme otros episodios: prosiga usted los cuentos. -Le advierto á usted que nada de lo que he dicho y voy á decir es inventado. Hace también pocas tardes vi cerca de mi casa un cuadro conmovedor, de esos que hacen oprimirse el corazón. Ura muchacha agraciada, cubierta de andrajos, estaba tendida en la acera de la calle, con la cabeza apoyada en las rodillas de una anciana. La palidez y la fatiga de la joven eran tan alarmantes, que debía estar expirando. Puse avergonzado mi limosna en la mano de la anciana y me alejé conmovido para dar aviso á los guardias. Al pasar junto á mi casa, me detuvo la portera. ¿También le han engañado á usted esas bribonas? me dijo la buena mujer. ¡A. h! ¿Conque eso que he visto es fingido? -Si, señor. -No sabe usted cuánto me alegro, no pude menos de decirla con verdadera satisfacción. Jamás se hubiera borrado