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oieron blanco de sus tretas y victima de sus burlas: le ponian sal y alfileres en la cama, le cosían las sábanas, e robaban cuanto encerraba en el petate; y el desdichado Pepln, no pudiendo soportar la horrible pesadumbre de tanto martirio, se sentaba á veces en el suelo del cuartel y exclamaba llorando como un niño: ¡Yo me quiero ir á mi casa! mientras los soldados á su alrededor coreaban con risas sus llantos, hasta que algún sargento terminaba aquella escena con sendos correazos, de los cuales alcanzaba Pepin la mayor parte. Uno de sus más horribles suírimientos era el que le proporcionaba la instrucción militar: cuando llegaba al campo de operaciones, iba ya rendido de cansancio, y á medida que marchaba de un lado á otro lleno de fatiga, de polvo y de sudor, siguiendo jadeante el compás de su fila y mareando el paso con el uno, dos, uno, dos sentía que se le turbaba la vista, que las sienes le latían violentamente, que sus piernas se doblaban, resistiéndose al penoso trabajo, y al fin se sentaba de pronto en una piedra cualquiera, dejaba caer en el suelo su fusil y decía con voz apagada: ¡Yo estoy malo! ¡Me muero! El sargento solía mirarle á veces con cierta lástima, pero luego volvía impasible á sus ejercicios, y Pepín, en el amodorramiento de su desmayo, escuchaba confusamente la voz de sus compañeros, que, levantando nubes de polvo, seguían repitiendo á coro y sin cesar: uno, dos, tres, cuatro; uno dos, tres, ctiatro. Nadie le escuchaba, nadie le atendía ni se curaba de su mal; permanecía horas enteras tumbado en el suelo y tan sólo la Naturaleza, como madre cariñosa y tierna, le vivificaba y robustecía con la luz y el aire y le acariciaba sobre aquel lecho de hierba impeliendo las flores que le rozaban suavemente las mejillas. La lucha fué terrible: anduvo Pepín de la enfermería al campo de instrucción más de veinte veces; en cuanto estaba restablecido, volvía otra vez, forzado por la ordenanza, al rudo ejercicio que le postraba, y de esta suerte, con repetidos y continuados esfuerzos, faé adquiriendo su organismo el vigor y la energía necesarios para la vida, al propio tiempo que su espíritu, con los sufrimientos del cuerpo y los duros golpes contra la amarga realidad, se a- lietitró en todas las astucias, sagacidades y cautelas indispensables para lachar rn el mundo. Viajó de un lado á otro de la Península, sufrió una larga campaña en tierras lejanas, y al cabo de algunos años regresó á su país natal, junto á su madre y su tía, que con amor le esperaban. Al verle, apenas le reconocieron; salió de allí siendo un niño, blanco, gordo, débil, pusilánime, enfermizo, inexperto y cobarde, y volvía hecho un hombre, tostado por el sol, curtido por el viento, enjuto, recio, forzudo, experto, resistente, con voz bronca y mirada resuelta. ¡Dios mío! exclamó su tía. Tú ya no eres Pepíi) -No, ya no soy Pepín, respondió el muchacho sonriendo. Antes era un monigote inútil para todo; ahora soy un hombre. ¿Quién te ha transformado de ese modo? -La otra madre. ¿Cuál? ¡La Patria! RAFAEL TORRÓME DIBUJOS DE E S T E V A N