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LA OTRA MADRE Murió D. Pedro Altolagairre, y quedó su viuda doña Camila sin más auxilios que una rentilla tan menguada, que apenas le daba lo bastante para sostener con grandes penurias á su hermana Dolores y á un hijo de ésta llamado Pepín, que era el único amor de aquellas infelices mujeres, las cuales con tan exagerada solicitud le cuidaban, que temían que el más ligero soplo de viento lo arrastrase ó el más leve rayo de sol lo consumiese; y asi el pobre muchacho, enfermizo, pálido, enclenque, más que un niño parecía uno de esos perrillos que gruñen y tiemblan constantemente sobre las faldas de sa dueña. Pusiéronle en estadio; pero descontando las fiestas, los días en que llovía ó nevaba, los que hacía mucho viento, excesivo frío ó extremado calor, resultaba que Pepin no salía de su casa ni aun la décima parte de los días del año, y era cosa que daba compasión ver á aquel pobre muchacho en el invierno forrado de bayeta como un viejo, con el tapabocas por el cuello, hundido más que sentado en un sillón, con ambas manecitas hacia la lumbre, teniendo á uno y otro lado á las dos ancianas, que contaban milagros y cuentos ó repasaban la ropa, mientras él se embrutecía mirando con ojos de imbécil la pared cenicienta de la casa fronteriza, que de allí se alzaría á la distancia de tres metros escasos. Asi tué creciendo el pobre Pepin hasta los diecinueve años, siendo siempre el gran juguete de aquellas ancianas que, queriendo preservarle de todos los males, le dejaron iaoapaz de soportar los más pequeños. Al íin se presentó ante las infelices mujeres peligro pavoroso de las quintas; y como no tuvieran ni la madre ni la tía más esperanza de que Pepín fuera libre que la que fandarán en el número que pudiera salvarle, pasaban buena parte de la noche rezando el rosario para tener á Dios propicio, lo cual hacia Pepín contando las vigas del techo y haciéndose el distrailo. -Mira que Dios te castigará, le decía su madre; y, con efecto, le castigó: cayó soldado, y la noticia trajo á su casa la más horrible consternación. Le acompañaron hasta el cuartel como si le condujeran al cementerio, y al verle desaparecer bajo el gran portalón del edificio, las dos mujeres sintieron igual horror que si un monstruo formidable le hubiera masticado y engullido. El desventurado Pepín entre aquella gente pare cía un perrillo faldero entre leones. Obedecía con ciega pronti- n- ht tud á todo el mando; iba de ua lado á otro receloso, iaquieto, temblando; á veces permanecía en un rincón mirando á todas partes con ojos espantados, y cuando necesitaba preguntar alguna cosa se descubría ante un recluta y le decía: Caballero, ¿me hace usted el favor de indicarme? Sus compañeros, comprendiendo que era un ser débil é inofensivo, abusaron soezmente de su infelicidad y le hi-