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Y ¿muy buenos precios. Sobre todo la cebada, que estaba á treinta y cinco reales, por lo que ya no pude menos de decirles á los de la comisión: -Para que vean ustedes lo que son las cosas: aqui, la cebada á treinta y cinco reales, y en Madrid hay almuerzos peseta. -Si; la verdad es que la cebada anda por la nubes. Estábamos en pleno mercado, que ofrecía un aspecto pintoresco y animadísimo, al que daban encanto todos los labradores de los pueblos vecinos haciendo sus negocios y teniendo del ronzal al burro, el inseparable y fiel compañero del labrador. En cuanto entramos en la plaza, todas las miradas se fijaron en nosotros, es decir, en mi, y hasta me señalaban con el dedo, diciendo: Unda! Ese es el señorito que ha venido de Madrid. Naturalmente, que ya se sabia en todo el pueblo que yo era de Madrid. Las mozas, con ciertos dejos de malicia, me miraban también y sonreían, exclamando: ¡Miraile, qué canillas que tíé! Y es que para los pueblos hay necesidad de llevar calzón de armar para convencer á los naturales de cierta robustez. Luego, y ¿instancias de los de la comisión, faí á ver los toros que estaban preparados para correrlos aquella tarde, Asomados en la barbacana que cierra 1 a iglesia, los mozos del pueblo entregábanse al dulce sport de hablar é. los animalitos y amenazarlos para después, n o f a l t a n d o quien les aitaha formalmente. Como es natural, los toros no se daban por enterados, y cuidábanse tan sólo de ver el sitio por donde podrían escaparse mejor cuando sonase la hora fatal para ellos de tomarles el pelo. Por cierto que los de la comisión, todos de sombrero ancho, sintiéndose flamencos me declan: -Ya verá usted qué toros. Y eso que como el año pasado no nos divertiremos hogaño. ¿Pues qué hicieron ustedes? pregunté, j u s t a m e n t e alarmado. -Booiamos los toros con petróleo, les prendemos fuego y les soltemos por el pueblo; ardieron cuatro casas, mataron á cinco ú seis, y un sin fin de cosas. Amos, que nos divertimos muchismo. -Bueno, pues ustedes tendrán que hablp. r, dije dando media vuelta y dejándolos asombrados. Me encaminé por una de las callejas que conducía á la plaza, y de allí fácilmente á la estación. ¡Cómo! ¿Se va usted? me dijo el jefa. -SI, señor. ¿Hay tren? -Dentro de diez minutos. ¡Pues no sabe usted la que le tenían preparada para luego! Qué? -Una paliza Pero no crea usted: respetuosa. En todas las varas habían puesto: ¡Viva el señorito! LUIS Q A B A L D Ó N Dibajo de Meo xchis y fotografías Juan Bravo. de