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de fcasura, iateligente rebuscador de huesos, mendrngos y otras zarandajas, que enderezó sus pasos hacia el llovido maná; pero al ir á echarle el diente el pobre animal, cayó sobre su cabeza un bote de hoja de lata. El perro escapó quejándose, al mismo tiempo que el apetitoso bocado era cogido por un muohachuelo, que empezó á saborearlo tranquilamente muy complacido al ver que habla logrado arranear la presa casi de los mismos dientes de su rival y colega. Flacos, sucios, hambrientos, vagabundos, el niño y el perro eran compañeros, pero no amigos. El chico iba descalzo; unos bombachos dn indefinible color cubrían sus piernas, y de cintura arriba llevaba una blusa que hacia oficios de camisa y otros muchos más, metida por dentro de los pantalones. ¡Con qué placer de glotón se engullía la ensaimada! Habia cogido el bote que le sirvió de proyectil contra el perro, y se lo colgó al cuello con la cuerda que lo sujetaba. Aquel bote era el depósito de las colillas. Miraba Pepfn con asombro todo aquéllo, para él nunca visto. El chico aquél comíalo que habia caído en el barro, y lo comía con entusiasmo, diciendo claramente por boca y ojos: ¡Qué rico es esto! Vio también que aquel niño iba Sl descalzo, pisando en el suelo mojado y frío, con el pecho semidesnudo; todo esto lo vio con la vehemencia propia de su temperamento. Sin darse cuenta, y como obedeciendo á irresistible atracción, mezcla de curiosidad y honda é ingenua simpatía, acercóse al de la lata, que le vio llegar con aire tranquilo é indiferente. Mirábanse de hito en hito, casi sin pestañear. El vagabundo se engalló el ultimo pedacillo, y dijo tomando una expresión híbrida de granujilla v serafín; ¿Tienes más? -No, contestó Pepín. -Quería comérselo el parro, pero yo le tiré el bote. -Si yo hubiera sabido que tú querías la ensaimada, no la hubiera tirado. El otro se encogió de hombros, no sabiendo qué responder á la fineza de su interlocutor, la cual, sin embargo, le sonó muy bien; éste vio asomar por la rendija de la blusa que el pobre chico llevaba la cabeza da un soldado de madera, y continuó la conversación. ¿Qaó llevas ahí? -Pa jugar yo; me lo encontré en la calle de Alcalá. Este es de húsares; y enseñaba otro de plomo con jiaete sin cabeza. ¿Tienes más en tu casa? -To no tengo casa. ¿Paes dónde duermes? -Por ahí; anoche dormí en las Amérieas, encima de unos sacos do paja. Y qué bien que se duerme allí! Pero ya los han quitao. ¿Y dónde comes? ¡Anda! Por abí, del rancho, ó si hago algún recao; y si tengo diez céntimos, en la tienda- asilo; y cuando no Al llegar aquí chascó la lengua y abrió la boca con aire picaresco. Pepín oia todo esto con profundo asombro; eran hechos desconocidos para él. Muchas veces habría visto chieuelos descalzas, pero la idea habla desaparecido con la persona sin llamarle en lo más mínimo la stención. Ahora era distiato el caso: veía al pobre niño y le hablaba. La hermosa palabra humana había establecido improvisadas corrientes entre los dos. ¿Qaieres juguetes? exclamó repentinamente. -No, que te van á regañar. -No me regañan, no. Espera, qu. bajo en seguida; y se metió en su casa ligero como un pájaro. A poco volvió trayendo en la mano una caja de soldados, una pelota de goma y una ensaimada entarita. Acercóse al muchacho, que le esperaba en la callo, y que instintivamente tendió sus manos á aquel lindo presente. ¡Ay! ¡Qué bonito! Infantería y caballería, y una pelott de goma. Esto para luego, dijo guardándose la ensaimada bajo la blusa. ¿Te gusta? ¡Anda, ya lo creo! ¡y que Dios te lo pague! Esta última frase de lazarillo que alguien le hizo aprender, en la ocasión actual fué oportuna, j quizás la dijo sintiéndola. Seguía mirando y remiraudí los soldados con ganas de ponerlos en formación. JPepín le miraba con éxtasis. Tenia satisfecho su orgullo de donante, su vanidad de hombre de buen gusto, y aquel niño sucio y desarrapado le parecía el más hermoso del mundo. Sus paires habían presenciado la segunda parte de) a entrevista de los chicos y segaían mirando con bupnos ojos todo aquéllo, que por parte de su hijo demostraba eus bellos y delicados sentimientos. -Vamos, hijo mío, le dijeron. -Adiós, murmuró el niño. -Adiós, tú, contestó el vagabundo con apagada voz; y ninguno de los dos se movía. -Dame un abrazo, pxjlamó aqné! WWi ámS 5; ifaíM -No, hombre que to voy á lumchar, oontastó el requerido echándose atrás, viendo el fliaaante y primoroso traje de su amigo. ¿Es que no qaieres dármelo? ¡Anda! ¡Quj no quiero! Y dejando en el suelo la caja de soldados y la pelota, se lanzó tomando carrera al encuentro de Pepín. Los brazos entrelazados se pegaron á los cuerpos, y se apretaron, se confundieron con frenesí eu estrecho abrazo el opulento y et miserable. El ancha ala del sombrero de aquél cubría la cabeza de éste como el ala del Ángel de la guarda. Sonó un beso, después otro, y los dos niños se desprendieron.