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EL ABRAZO Apenas la luz del alba penetró en el elegante y espacioso dormitorio de Pepin, onando ya éste se hallaba despierto contestando con alegre sonrisa al purísimo y manso beso de la mañana. Pronto estuvo en pie, y toda la servidumbre de la casa se puso en movimiento, pues el niño con gozosa algazara despertaba á todo el mundo, empezando por sns padres, que respondieron con tiernos besos á las caricias de aquel hijo idolatrado que ornaba continuamente de flores la dulce cadena conyugal. Pepín era alegre por temperamento, sano y vigoroso de cuerpo, y había recibido muy buena educación, sana atmósfera como el aire más puro, imprescindible para la vida del hombre en los días de su infancia. Muy contados serán los casos en los que un niño no sea pedazo de blanca cera que conserva siempre señales de las primeras manos que le aliñaron. Si bien Pepín era alegre, aquel día, domingo, lo estaba mucho más. ¡Qué hermoso día de los primeros de Mayo! Había llovido por la noche, pero al amanecer no quedaba ya una nube en el cielo. De la tierra se desprendían húmedas emanaciones, y delicioso viento traía perfumes de infinitas flores. Vestido y pergeñado, estaba desayunándose cuando oyó ruido de ruedas sobre el empedrado, mezclado de alegre son de cascabeles. Lanzóse al balcón, y vio el magnífico hrealc que acababa de pararse ante el ancho portal. -Abajo espero, papá, con tu permiso, dijo; y salió disparado del comedor. Dd cuatro saltos se plantó en la calle, y entabló conversación con su cochero mientras miraba los dos magníficos tordos, cuyos limpios cascos golpeaban sobre las piedras y cuyas cabezas se erguían con soberbia, tascando los bocados de bruñido y reluciente acero. ¡Aquéllos sí que eran caballos! ¡Qué gusto poder llevar las riendas de tan lucido tronco! El no tenia fuerzas para tanto; si fuesen otros más pequeños sí, señor; y él quería uno para montarlo y dos para un cochecito. ¡Vaya! ¡Pues no faltaría más! En tales profundas reflexiones estaba sumergido mientras lanzaba al alto y recogía en el aire un buen pedazo de ensaimada. Y fué el jaso que en una de estas maniobras la ensaimada chocó en la pared y fué á parar en medio del arroyo. No habían pasado algunos segundos cuando apareció un perro escuálido, comensal asiduo en los montones