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Vio Antonio cierto día maltrecho y arrumbado en la fangosa tierra bellísimo rosal: al peso de sus ramas, el tallo doblegado liuadíase en la charca de inmundo lodazal. Entonces el bracero llegóse condolido hacia la herida planta, y el tallo levantó; atado á fuerte vastago dejó el rosal erguido, y de su hermosa carga las ramas alivió. Llovió la noche aquélla, y luego é, la mañana halló la planta enhiesta junto al leñoso pie; y viola tan hermosa, tan fresca, tan lozana, que alivio de su espíritu y de sus ojos fué. Mecida por la brisa, con tímidos murmullos reverenciaba humilde al noble bienhechor, y abriendo arracimados sus hojas los capullos, temblando, parecían mirarle con amor. Sintió el bracero el pecho abierto á la ternura; llegaba hasta su espíritu la luz primaveral; oyó filiales gritos vibrar en la espesura, y respondió á los gritos con ansia paternal. El amor á la tierra, tan sosegado y puro que sin furor ni duelos nos prende el corazón, entraba de aquel alma en el recinto obscuro cual rayo de la luna en lóbrega prisión. Los lirios y jazmines semhrados por su mano le hacían de perfumes espléndida merced, y Antonio, en el bochorno ardiente del verano, abríalos al riego para templar su sed. A veces él, sediento, al charco se abocaba, y él, la tierra y las plantas bebían á la par: el agua, allí tendida, su imagen reflejaba mezclada entre las flores y haciéndola temblar. El huerto era su vida, su encanto, su ventura; sus gratas ilusiones cifrábalas en él; con voces misteriosas le hablaba la espesura: casóse con la tierra, y les nació el verjel. Murió aquel sacerdote y luego aquel prelado, y el nuevo al pobre Antonio del huerto le arrojó; y como Adán huyera después de su pecado, del teatro de sus dichas llorando se alejó. Hacia él volvió los ojos turbados y anhelantes, y vio tras el palacio los árboles surgir; y al golpe de los vientos, cual brazos de gigantes, las ramas se movían, llamándole al partir. El nuevo jardinero los árboles talaba, dejando horribles huellas su genio innovador, y Antonio, tras las verjas del huerto, le miraba rugiendo de coraje, temblando de furor. Aquella enredadera flexible y delicada que de menudas flores llenábase en Abril, la vio por una hiedra grosera suplantada, prendida al fresno, que era la gala del pensil. Aquel rosal hermoso que, atento á su cuidado, librólo de los ímpetus del huracán feroz, le vio sobre la tierra deshecho y derribado, cayendo tembloroso al golpe de la hoz. Sus árboles queridos, sus plantas más preciadas, cediendo á otras su puesto, al fin las vio rodar secas, marchitas, mustias, y luego amontonadas, dispuestas á ser pasto del fuego del hogar. El hambre y el despecho le dieron osadía: transpuso la alta verja con gran celeridad, asió el hacha, y al grito de ¡Viva la anarquialy taló arbustos y plantas sin freno ni piedad. El juez le dijo á Antonio cuando le hubieron preso: -Un ¡viva! á la anarquía lanzaste con furor. Responde, desdichado: ¿tú sahes lo que es eso? -Yo sí. ¿Qué es la anarquía? -Palta de pan y amor. EAFAEL DIBUJO nu A. NDRADE TOREÓME AOLAKACION INDISPENSABLE, voii FILIBERT G- edeón escribe á su mujer desde Moroncia lo siguiente: cQuerida Pascuala: Te remito adjunta mi fotografía, sacada en un jardín, junto á la estatua de Apolo. El de la derecha soy yo. Apolo está á mi izquierda. Hago esta aclaración para que no te confundas.