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LA VIDA EN VERANO LOS QUE SE QUEDAN -Estamos en vísperas de liquidación social, dice tin madiileño limpiándose el sudor de la nariz para poder sujetarse los lentes; esta es una época de inmoralidsd, rie desenfreno, de licencia De licencia sobre todo; tiene razón el preopinante. ¿Quién no consigue un mes de liceoeia, cuando menos, para pasar fuera de Madrid siquiera el mes de Agosto? Hay cosas que las pide el cuerpo, y cosas, como la licencia, que las piden toda clase de cuerpos: militares ó civiles, de escala cerrada como de escala abierta y con ascensor. Asi es que Madrid se queda en cuadro. La Audiencia es la única que confiesa tener su Sala de vacaciones; pero todas las demás dependencias del Estado, como de la provincia y del municipio, tienen también, confesadas ó no, sus Salas, 6 cuando menos, sus patios de vacaciones. Los teatros, los cafés, el comercio, la venta callejera de los periódicos, todo lo que vive del público y por el público, se resiente durante los meses de calor. Únicamente viven los horchateros, si no se duermen sobre las pajas. Cualquier infeliz forastero que llegue á Madrid en esta época y ansie conocer la animación tradicional de sus calles y paseos, preguntará de seguro á su acompañante: -Y la gente de Madrid, ¿cuándo sale? -Ya ha salido. ¿Por dónde? -Por la estación del Norte toda ella. El que esclavo de sus deberes, ó bien por falta de medios pecuniarios ó de locomoción, tiene que aguantar á pie quieto el estío de la villa y corte, no sólo sufre las molestias del calor, sino las ansias y dolores de la soledad más amarga. Los amigos, los colegas, los parientes, todo el mundo se va, sin acordarse del que se queda más que para los encargos de última hora. -Bien sabe Dios, dice una señora al vecino de abajo, que anadie más que á usted daría esta prueba de confianza y de cariño. ¿De qué se trata, señora? -Pues de que me cuide usted el perro, el pobre Piehichi, de quien me separo por primera vez. Generalmente, los vecinos complacientes son los encargados de estas y parecidas comisiones: renovar el alcanfor en las sillas y colgaduras de la sala, dar por el cuarto una que otra vuelteoita y guardar en depósito las alhajas de los veraneantes, ó las papeletas de empeño en su caso. La población madrileña se marcha. Únicamente quedan en la corte unos cuantos vestales de ambos sexos cuidando del fuego sagrado. Los Q- obiernos, que durante el invierno se desviven por dar trabajo á la clase obrera y proporcionan al pobre tiendas- asilo y refugios nocturnos, suspenden cuando llega el verano toda muestra de su función tutelar y filantrópica. ¿No es tan respetable en verano la clase calurosa como en invierno la clase obrera? Antes de largarse la gente acomodada, debería dejar en Madrid Horchaterías- asilo, Refugios para la siesta y Baños gratis para los pobres acalorados. -Todos, todos se van, decía un mendigo; hasta los batallones. ¿Dónde comeremos ahora- los que comíamos el rancho de los cuarteles? Y otros no suspiran por el hirviente rancho, sino por el flamante y cómodo traje de rayadillo. El movimiento de las calles disminuye, y con él la animación de los cafés y de los centros de instrucción y recreo.