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Recuerdo que uno de ellos era pariente de Bizet, el célebre autor de Carmen. Tenía veintidós años, era estudiante, y quería dedicarse al toreo y ahorcar los libros. Otro era guardia de Orden público. Había asistido entre barreras á las corridas aquéllas, visto los toros de cerca y estudiado los pases y brega de los efpadas. ccjNo es tan difícil! decía en su carta. Con un poco de práctica, yo haría lo mismo. Y á los que yo quería desengañar y probarles que para ser torero hay que criarse en el Matadero y hacer la vida de la geote torera y recibir cornadas de vez en cuando, me respondían citándome el caso excepcional de Mazzantini y el más notable aún de Mauricio Bernhardt, que mató un toro en la Habana. Este caso le conocen pocos en España, y alguna vez había de contarse. Vay pues, ahora, Mauricio Bernhardt es el hijo de Sarah Bernhardt, un hombre joven, fuerte, vigoroso, mny elegante, que hace pocos años se casó con la hija de la princesa Jablonuska, de una gran familia rusa. Cuando Mazzantini estovo en la Habana, Mauricio Bernhardt estaba allí con su madre, y después de haber asistido á las corridas, aseguró que él era capaz de bajar á la arena y de matar un toro. Al principio la pretensión hizo reir; pero en vista de la insistencia y de que ya había apuestas entabladas, se dispuso una representación privada, una reunión de amigos en la Plaza de Toros, para ver de lo que era capaz aquel francés qne á tanto se atrevía sin habérselas visto nunca más írordas, como suele decirse. Y, en efecto, y ahí está Mazzantini, que lo puede decir: el espada improvisado corrió su toro, lo pasó, se enfiló como Dios manda, y dló una estocada tan buena como cualquiera otra, y mató su toro. Todas estas cosas y la afición fomentada en París en los hijos del Mediodía de Francia que asistieron á la Exposición, y las corridas que dieron luego en Mont- de- Marsan el hermano de Frascuelo y otros espadas, han ido aumentando el gusto de la tauromaquia en If s franceses vecinos del Pirineo, y ya no se han contentado con sus écarteurs landeses, sino que han ido entrando en nuestras costumbres. Y ha sucedido que mientras en París se iba acrecentando la aversión á las corridas, en el Mediodií ha ido desapareciendo. Por último, no bastando con las arenas monumentales de Nimes y Arles, hace dos años se construyó una plaza de nueva planta en Baj ona. Ya tsto era un gran paso dado en las costumbres nuevas. Los écarteurs landeses han venido, por consiguiente, á quedar en segando término como espectáculo. Son, sin embargo, en su género toreros de una escuela especial: saltarines y gimnastas á su manera; y Eobert, que empezó con ellos, ha pasado á ser un espada como los demás. Este no ha improvisado las estocadas: ha ido á Sevilla, ha e- tudiado allí, ha cursado las asignaturas del toreo, y por último se ha presentado al público en Valencia y en Barcelona, y ahora en San Sebastián. Es un muchacho seco, fuerte, muy ágil, deseoso de llegar á ser uu espada como los demás, y llegar á la fortuna que otros, con menos elementos que él, consiguieron. Tiene lo que tienen los toreros; pero le sobrí el bigote. Un espada con bigote no se habla visto hasta ahora. Acaso lo conserva para no perder su carácter de extranjero; pero la verdad es que no convence á nadie. Tal vez un día se lo qu te, ó se lo quite un toro, porqu? también los toros afeitan de vez en cuando; pfro entretanto mi liombre, vestido de torero y con el bigotito aquél, más parece un cantante de ópera cómica que otra cosa. Tiene loque tienen los toreros, porque es ágil y ha aprendido á pasar de maleta; pero lo ha aprendido como una lección de matemáticas y como si todos los toros fuesen el mismo. Es decir, que cuando entre él y un cologa español arreglan fácilmente un toro y lo cuadran, entonces mi buen Robert se tira y da su estocada más ó menos tendida ó atravesada, pero estocada al Hn; mas citando le toca un toro difícil, uno que ya no se parece al modelo, las reglas no le sirven para nada. Y como todo el arte del toreo consiste, como la ciencia mé lica, en tratar á cada enfermo según su temperamento y condiciones especiales, el nuevo espada francés, si no se retira á tiempo, está fatalmente destinado á morir en la plaza. Ya es mucho lo que ha hecho, pero el toreo no se improvisa; es, aunque parezca absurdo lo que voy á decir, una cosa aparte, en la que la inspiración del momento es lo más esencial; en una palabra, hay que tener sangre torera, como Eusle decirse, y esa sangre es exclusivamente española. Robert y sus landeses han vuelto á Francia á propagar allí la afición, mientras Minuto y su cuadrilla volvían expulsados de Bayona; y ha de verse pronto que, á pesar de que la afición aumenta en Francia y el toreo decae ¡n España, allí la afición morirá por las leyes y aquí vivirá siempre por ley de las costumbres. KusEBio BLASCO