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Las faenas del campo, desde la siega á mediados de Jtinio hasta la vendimia de Septiembre, ofrecen cuadros de la más encantadora poesía bucólica. Da gusto despertar con las coplas del gañán q ue marcha al campo arrastrando el arado por las calles, y cuando anochece ver la vuelta del ganado, que os hace morder el polvo por muy alta que llevéis la cabeza. -Aquellos ruidos de Madrid son insoportables, dice la alcaldesa, que estuvo una vez para San Isidro. T es quo en los pueblos el silencio siempre reina, aunque reine constitucionalmente. Cada corral tiene sa despertador con cresta colorada: la siesta es interrumpida por los agradables gruñidos del puerco; durante la noche sólo el silbido del cuco, el canto de las ranas y las carreras de los ratones turban el sueño del feliz mortal. Ah! ¡Si no fuera por los bichos rurales! Pero también los mosquitos, las correderas y los alacranes tienen dereclo á veranear. ¡Caramba! le decimos á nn amigo después del veraneo, el estío te ha probado divinamente. ¡Cómo te has llenado de cara! -Pues mira, dice él mostrando su abultado rostro: todo esto es obra de los mosquitos. Para descanso del cuerpo y del alma, no hay nada como el veraneo rural. Ya lo dice el médico del pueblo déudose tono: -Este medio ambiente es lo mejor para la economía. T, en efecto, no hay bolsillo que no esté conforme con la sentencia del doctor. ¿Ni qué falta hacen para reoreo del espíritu las diversiones caras y los espectáculos dispendiosos? ¿Qué mejor partido á cesta que una buena cesta repleta de merienda sabrosa? ¿Qué mejor función taurina que un estofado de vaca preparado á escote entre los amigos? -Mañana, dicen los gourmands del pueblo, le llevaremos á usted á, la fuente del Obispo. ¡Verá usted qué agua, y qué paella la que llevaremos consigo! En efecto, la paella es un arca de Noé con arroz: pollos, conejos, cochinillos de leche, cangrejos, etc. ¡Dios mío! clama el huésped. ¡Y decían que no se habían traído má que un bocado! -Eso es, añade un comensal compadecido; un bocado por barba y una serreta. No hay nada como el campo. El poeta puede dar rienda suelta á su imaginación; el pintor contempla hermosas puestas de sol y salidas de lo mismo; el músico escucha Murmullos de ia selva no wagnerianos, sino auténticos, y todos encuentran ¿poca costa hospitalidad franca, simpática y regocijada. No tiene más que un inconveniente el veraneo rural: la recíproca. Y no he de repetir aquí las escenas que en Madrid ocurren con motivo de lo que podríamos llamar la revancha de San Isidro LUIS R O Y O V I L L A F O V A DiBCJOB DI CILLA