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El caso es que Agripino no pncdc f nfr. r más, y h i resuelto comunicarse períonahriento con su Zoa, mn exponiéndose á qne le sorprenda el bruto de su padre. Ei otro día, jugándose el grano y jugándoselo todo, subió las escaleras dispuesto á hablar con su novia por el ventanillo; pero no sabía que Recorcho había mandado clavar uua tab a en el sit o antes ocupado por aquél, y el infeliz joven tuvo necesidad do echarpe de bruces en el suelo, aplicando los labios por dtbajo de la puerta. -Zoa; Zoita, comenzó -I dtioir con accrito enamorado. La chica re jonoció aquel acento, y echándose también boca ab. ijo por la parte interior, púsose á hablar con tu Agr pino. ¿lista en casa nuestro veringo? progiint i éste. No, dijo ella. Ha ido A un duelo. ¿Se va í batir? -No; va á dar el pégame tí U ia señora, paisana t- nya, que ha perdido á na cnñaiio. ¿Me amas? -No me lo preguntes, Agripino. ¿Y tú? -M. ás que á mi vicia. ¿Y el grano? -Sigue lo mismo. ¿Te duele mucho? -Una co a recular. -Toma. ¿Qué me das? -Un palillo de enebro qu- í h tenido yo entre mis labios toda la tarde. -Gracias, prenda mía. En aquel momento oyóse la voz de Recorclio, que decía: ¡To pesqué, grandísimo pillo! ¡Ahora veriSs! Agripino quiso levantarse, pero va Becorcho le había aplicado dos puntapiés seguidos en el grano, y además trataba de introducirle la contera del bastón por un oído. ¡Socorro! gritaba el joven. ¡Mamarracho! rusia Becorcho. ¡Pieilad, piedad para él! exclamaba Zoa desde dentro. Agripino palo levantarse después de grandes esfuerzos y pe dirigió rápido comn una corza escaleras abajo, no sin que antes Eocoroho le líescargara un úílimo puntapié Al pasar por delante i e a portería iba diciendo Agripino: ¡Ya no rae duele, ya no me duele! ¿Qué? preguntóle la asustada portera. -El grano. Me lo acaba de reventar el padre de Zoa de una patada al sesgo, No hay mal que por bien no venga. LUIS DIBUJOS DE M E C A C H I S TABOADA