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MADRID DE NOCHE UN CAFÉ CANTANTE Eesto de aquella flamencomanía que hará diez años amenazó envolver á la nación, modificando Jas costumbres adulterando el lenguaje é influyendo más que el figurín de Jos sastres en las modas y trajes do la juventud, son á no dudar los cafés cantantes, no tan extendidos en Madrid como por aquel entonces, pero abundantes aún en la calle de la Montera, en la de Atocha, en la de Hortaleza y otras vías céntricas de Madrid. Forman la concurrencia estudiantes, aficionados al cante y baile flamenco, admiradores de los artistas, cariosos, y sobre todo gente forastera, que toma por costumbre típica madrileña lo que no ei sino pobre adulteración de las costumbres andaluzas. Y, en efecto, de adulteración podemos calificar el espectáculo comparándolo con el cante y el baile andaluces que en los patios sevillanos se improvisan, con las juergas de la Eritaña, con las fiestas nocturnas del campo de San Sebastián en tiempo de ferias, y aun con las mismas veladas del famoso Burrero de la calle de Jas Sierpes. Justo es decir que ya el café cantaato de Madrid no ofrece los peligros de aquel Imparcial de infausta memoria, donde era empresa heroica entrar, no ya con sombrero de copa, pero ni aun con hongo y cuello de pajarita. Aquello era característico, pero casi imposible de observar no yendo convenientemente disfrazado. El tablado en el fondo; mesas por todo el café llenas de flamencos y gente del bronce que no daban paz á los tacones ni á las cucharillas; seguidillas y zapateados que ardían en un candi) el vendedor de bocas pregonando entre las mesas su mercancía, y arriba tribunas con verja ó celosía para loa más recatados. Hoy no es obra do romanos entrar en un café flamenco; buena prueba de ello es que hemos podido sacar la fotografía adjunta estando la fiesta en todo su auge. Perpendicular al mostrador, y separado de él por el pasillo que conduce á la cocina y á la escalera de los billares, aparece el tablado sencillo y resonante bajo los pies de la bailadora. Divanes de rojo asiento puestos en el fondo son el sitial de las artistas; una silla de paja es el trono del tocador, que invariablemente se sienta en el canto de la silla, y serio y grave acompaña á la guitarra el baile y el canto. La pareja de bailadoras, sonando mucho las castañuelas (palillos, como dicen en su tierra) hace las cuatro figuras de la seguidilla entre el aplauso del público, que suena las cucharillas y golpea el suelo con los bastones. Llega la hora del descanso, y las bailaoras, sofocadas por la fatiga y enardecidas por el baile y las palmadas, bajan del tablado y aceptan los obseijuios del admirador enragé, que todas las noches presencia la fiesta en los veladores contiguos al tablado, No cambian los tiempos. De aquellas bailarinas gaditanas que acompañadas de sistros y crótalos hacían las delicias de Césares y patricios romanos, son descendientes en línea directa las bailaoras y eantaoras del moderno café cantante. Fotografía de M. Franzen, de la Fotografía Artística, Principe, ZB. Lüís BEEMEJO