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rías confortables, llena de librerías en cuyos escaparates seguís el movimiento editorial lo mismo q ue husmeando los mostradores madrileños de Fe y de Gutenberg; por la noclie hubiera pasado largo rato en los cuartucos de las tiendas de montañés hasta que, como dijo el otro, hubiera tenido que salirme al pasillo á estornudar, y iuego en las típicas tiendas de peseao frito hubiera visto el agolparse de los compradores ante el barreño para desfilar con el cucurucho en la mano lleno de boquerones y ruedas de pescadilla; mas había que aprovechar el tiempo, y sin ha- I i í i l i l i TicM -un I iiliiiliniii I II I rr 1 I T COMPKANDO EL FUITO Cf- r caso del furioso Levante, que levantaba en nuestro camino nubes de polvo, monté en una mañuela en la plaza do San Francisco y salí á dar una vuelta por los bélicos alrededores de la ciudad. Vimos bajo el muelle innumerable sucesión de boteeiUos que, impelidos por el vaivén de las ondps, se balanceaban á coüjpás, como si fuera aquello un ensayo coreográfico; en tomo las estatuas de los patronos obseivsmos el movimiento de la gente de mar, jamás decreciente ni paralizado, merced á la impoitaneia del n uelle de Cádiz y á la animación que le presta la proximidad de la estación del ferrocarril: la Puerta del Mar viene á ser el anteojo de este panorama. La Puerta de Sevilla, otro de los hoqaetes de la ciudad saliendo al recinto, parece cobijar á uno y á otro lado larga y robusta serie de almacenes cubiertos; el pintoresco barrio de San Caries se extiende desde aquí á la a ameda de Apodaea, bellísimo paseo donde contrastan las notas femeniles del acuario y de la frustrada pajarera con el amenazador baluarte del Carmen, que enfila sus cañones hacia el mar. El arte de la guerra sigue mostrándoos todo alrededor sus armas de alcance poderoso y sus defensas á prueba de bomba. El popular barrio de pescadores, que se asienta en la Caleta, lo veis defendido muy á vanguardia por los castillos de Santa Catalina y de San Sebasti n; el campo del Sur se abre amplio y liso como una plaza de armas. Allí la Catedral asoma sus coloreadas cúpulas mirando al mar, al eterno enemigo, que no encuentra por donde meter el diente. Sobre la muralla varios pescadores de caña aguardan pacientemente á que los peces piquen allá abajo. ¿Cómo comprender tan inocente distracción en medio de las almenas, murallas y baterías? ¿Esperan acaso aquellos gaditanos sencillos á que las cañas se vuelvan lanzas? Cádiz, Belona de los mares, sigue armada de punta en blanco, sin que podáis bailar en todo su perímetro el punto flaco de su armadura. JMiranse ceñudos el cuartel de Santa Elena y el de San Roque; á la artillada plataforma de Santiago sucede el baluarte de los Negros, y á la plataforma de la Cruz el baluarte de la Aduana. Contornean el