Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
allí al término del viaje (que es el término de la tierra) queda muy poco, los viajeros no protestan de vuestra legal intrusión ni aun con ese gesto avinagrado que el hombre más correcto pone siempre al desconocido que llega á compartir con él las comodidades ó las molestias del vagón. T empezados á recorrer la distancia que media entre la ciudad del Guadalete y la antigua Gades de los romanos, Cádiz hermosísima, blanca y virginal, bañándose en el mar á la continua, gigantesca gaviota que bate las ondas de los mares con entrambas alas abiertas: la punta de San Felipe ¿un lado, la punta de San Sebastián á otro. Pocos panoramas habrá tan bellos como los que desfilan ante nuestra vista entre Jerez y Cádiz; ninguno, desde luego, tan expresivo, de tan fuerte y poderosa sugestión. Primero el término de Jerez, CAMINO DE CÁDIZ que os despide con uvas y pámpanos largo trecho; Desde lo alto ile estas pirámides toda la sal de Andalucía iw contempla. luego, desde Puerto Eeal hasta el muelle gaditano, un combate mudo, sublime, potentísimo entre la tierra y los mares. Estos empiezan por regalar al hombre la sal de sus aguas, y allí tenéis la gran superficie líquida evaporándose y dejando en tierra blanquísimas pirámides. Las salinas son el campamento de uno de los ejércitos beligerantes; poco á poco el mar, que envió á la tierra sus avanzadas salobres como falso regalo de amistad, empieza á presentar por entrambos lados el formidable ejército de su oleaje, amenazando tragarse á la tierra merced á la táctica napoleónica de las grandes masas. La tierra se encoge como asustada, pero sigue avanzando, poniendo al enemigo la cara feroche de sus pinares obscuros 6 saltando por encima de él con puentes, viaductos y alcantarillas. A trechos el campo se dilata, á trechos parece esconderse bajo los rails; la sinuosa línea de tierra, que parece agitarse con trémula viveza, simula la respiración agitada de los cansados bofes; el mar triunfa, triunfa en toda la línea; de San Fernando á Cádiz sólo un istmo larguirucho avanza en los mares arrastrándose como un reptil; las carreteras están montadas sobro alcantarillas, mojándose en el agua sus infinitos pies. Creéis que el tren avanza milagrosamente vecinos de ádi st m nmertos? sobre el mar sin sumergirse; luego la tierra, sin- N o f cfioí en- terrados. darse por vencida ¿cómo, si es española? se apercibeálaúltima defensa heroica y desesperada mostrando todas sus armas al enemigo; surge, en fin, Cádiz, hermosísima en su palidez sublime, rodeada del mar inmenso, que caracolea intentando bloquearla, mientras ella, apoyada en el leve jirón de tierra que como cordón umbilical le une á la península su madre, muestra furiosamente al mar los puños de sus fuertes avanzados, los dientes de sus almenas, los muros fortísimos de sus baluartes y las npgras bocas de sus innumerables baterías. Cádiz asi, defendiéndose á la desesperada y metida valientemente en el mar con espolazo formidable, os parece no ya el fin de España, sino el fin del mundo. Pero mirad el mapa: la tierra española no acaba allí, sino más abajo, por Tarifa; la isla gaditana es un jirón graciosísimo y perfumado como un rizo, a go asi como un tijeretazo en falso dado á la piel de t o r o allá por su costado sudoeste. -ISfe E N EL PDEKTO. UE CÁDIZ, -I.0 S SANTOS P A T M O S O S Subimos á la torre de la Catedral en compañía de Koberto Bueno, mi querido amigo y antiguo compañero en la prensa zaragozana. ¿Ves? me decía mostrándome la ciudad blanca. Cádiz parece una ciudad encima de otra. T en efecto; las enlosadas terrazas, erizadas de almenas que cubren todos los edificios, presentan ese aspecto gráficamente encontrado por aquella írase; una población activa, culta, comercial, hormiguea en el piso de las calles, tiradas á cordel como profundos tajos perpendiculares dados en un inmenso bloque de jabón; otra población alegre, descansada, simpática y andaluza por todos sus costados, vive arriba sobre las terrazas, llenas de flores y sanamente aireadas con el acre perfume de la brisa. Yo me hubiera pasado las horas muertas en aquella deliciosa calle Ancha tan limpia y refulgente, cuajada de tiendas de lujo y de cervece-