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po todavía. Sólo la vida de los pescadores, lo más hermoso y poético de las costumbres marítimas, se manifestaba con todos sus atractivos en la p l a y a de Sanlüear. A s o m a b a n á lo lejos una, dos, tres, cien barcas de pesca; salían de sus viviendas las familias de los pescadores y los asentistas del pescado; bien pronto u n mercado original y animadísimo fe improvisaría al pie de las barcas. E n t r e t a n t o ¿podría yo ver u n a puesta de sol digna de aq nel horizonte desgarrado y bellísimo? No pude; aquel día el sol estaba de monos. Le había visto salir de incógnito en Triana; Je veía ahora ponerse en S a n l ü e a r de incógnito t a m b i é n Jerez Tomamos en Sanlúcar un t r e n que conducía á las personas como cosa por demás. Los vagones de viajeros era lo do menos en aquella larga sucesión de plataformas, donde botas y más botas de vino exquisito se apilaban en originales pirámides, que más bien parecían colosales racimos sujetos á u n o y á otro lado de los tableros por el abrazo de las prolongas. Echó á andar el tren sin titubeos n i torceduras, cosa admirable llevando t a n t o vino en el cuerpo, y admiramos á uno y á otro lado del camino la hermosa y esplendente feracidad del campo de Sanlúcar, cuya v i r t u d fecunda de sobra conocíamos por aquellos pequeños paraísos, nombrados recreos que c o n t o r n e a n la ciudad y aun la a d o r n a n por dentro, uniendo con anchas y verdes cintas la parte alta, donde se asienta el castillo, y la parte baja, donde se a p o l t r o n a n las bodegas. Vimos á lo lejos el coto de Oñana, contemplamos largo rato el J a r d í n Botánico, y no nos cansábamos de admirar la tierra feracísima de labor donde parejas y giupos de escardadoras se inclinaban al suelo arrancando la mala hierba. Allá, en el fondo, volvían del monte los carboneros tras larga r e c u a de borriquillos. Y entramos á poco en los campos de Jerez, plantados de viñas; cada cepa con su rodrigón de cana, cada sarmiento con sus hojas finísimas, desmayada? de u n verde i n t e r e s a n t e y pálido: verde á medio hacer, en el cual lo amarillo y lo azul, sus colores primarios, parece que coquetean ó dudan antes de fundirse. Las cepas de Jerez son, sin duda, la aristocracia de las vides; comparándolas in mente con las viñas de Aragón y Navarra, que yo conocía, me deleitaba en su contemplación y en el recuerdo de las otras. Los duros sarmientos de mi tierra se ve que van á dar el vinazo negro, espeso y fortísimo; b r o t a n del tronco y a r a ñ a n fieramente la tierra como nerviosos dedos de algún enterrado en vida que p u g n a r a por desenterrarse. Las viñas de Jerez, pálidas, delicadas, finísimas, tienen que apoyarse en los rodrigones, desde cuyas menguadas alturas dejan caer el t o r r e n t e de sus p á m p a n o s y de sus hojas flicidas, ocultando sobre el suelo los racimos de donde h a de salir el vino afamado, todo aroma y delicadeza, donde el cuerpo es lo de menos y el alma y la p u r a cepa lo m á s P a r e c í a que los sarmientos del camino saludaban á las botas del tren, el vino de m a ñ a n a al vino hecho y derecho, el mosto con los andadores del rodrigón al mosto que ya 10 a n d a b a solo. Y auoque dicen que tal líquido es m u y hablador, yo n a d a pude entender de aquel diálo ¿Que cómo son los guardias en JerozV go misterioso entablado á todo correr de) a locomotora entre el vino de viaje y el vino en Pues son de este jaez. pildoras, como dijo el otro. Ya estamos en Jerez de la Frontera. A u n q u e sobran en la ciudad recuerdos históricos y j o y a s artísticas t a n notables como la cercana Cartuja, no esperéis que d e g u s t o á la pluma complaciéndome en arqueológicos delirio- En estos viajes breves y rapidísimos no es posible hablar de todo; gracias á que acertemos á dar en cada p u n t o con la n o t a característica y propiamente distintiva del sitio visitado. Y en Jerez, lo característico es el vino y n a d a más que el vino, pese á las gloriosas almenas de Alcázar, que m a r c a n u n costado de la Alameda Vieja, y á la historiada cúpula de la Colegial, cargada de estatuas de santos y coronada por el nido leñoso donde se posa la zancuda cigüeña. Las casas p a r a el vino ocupan en Jerez espacio mucho mayor qno las casas para el vecindario. P r o n t o se ve la población; pero ¿quién es el guapo que se atreve á visitar u n a t r a s otra todas las bodegas? Veis el conjunto de éstas mareando en anchas barriadas el perímetro de la ciudad. Viejos conventos; construociones ad lioc; largas edificaciones cuajadas de v e n t a n a s e m b a r r o t a d a s y con dinteles de arco rebajado, sirven de depósito á los miles de millares de botas que descansan apiladas en Jerez encerrando hectolitros y más hectolitros de vino entre perfumadas duelas sujetas por flejes oxidados. Horroriza pensar lo que significa en J e r e z esta frase: Eeharlo todo á rodar ¿Qué ejército de Xerjes resistía la furiosa a v a l a n c h a de tantas botas? El grito de ¡Cuba libre! es tremendo en la m a n i g u a pero no sería menos fatídico en J e r e z Obreros de bodega, arrumbadores, capataces, etc. pueblan de noche la plaza del Arenal, donde se alzan altísimas palmeras y a n i m a n las dos arterias de la ciudad, unidas como las dos r a m a s de u n sifón: la calle L a r g a y la calle H o n d a P l a t a f o r m a s y carretones tirados por b u e y e s llevan de u n lado p a r a otro botas y más b o t a s pequeños cosecheros BODEOAB DE JEKKZ- -VISTA KXTERTOTÍ