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-Miro usted hacia atrás; dülanto no tenemos nada hasta qno Uoguemos á San Juan do Aznalfaraehe. Hacia niebla, nna de esas nieblas freeuontes en el G- uadaJqtiivir, que deslució aquel amanecer, pero no impidió que viera i. Sevilla pareciendo pasar de uno á otro lado del rio, sf gún las vueltas y revueltas de íste. Las torres sevillanas huían de nosotros; la Giralda, como más ligera, llevaba buen trozo de ventaja á la Torre del Oro, que, rechoncha y torpe, aún se mojaba los pies en el río. Llevábamos á bordo cuatro prácticos que iban á Bonanza, y que turnaban en el puente haciendo obfervaciones al timonel. La dirección del práctico es necesaria para toda nave que surca el Guadalquivir; ésto tiene, por lo visto, su alma en su almario, y si por faeraes el mismo siempre, por dentro varía como cada quisque, con inusitada frecuencia. El rio, como quien enséñalos dientes, nos ensoñaba de cuando en cuando sus estacadas de defensa; á la derecha veíamos la linea del teléfono que llega hasta las Cortas, palitroques sin fin y alguna que otra choza para los guardas. San Juan de Aznalfarache, blanco y recogido, parecía dormir entre sábanas; un tren lo hubiera despertado dando pitidos; los barcos son más prudentes, y pasan, deslizándose silenciosos, sin decir esta sirena es mía Dejamos á Gelves; pasamos la punta del Verde, y la huerta del Efcribs. no y la vuelta del Einoón vimos hacia la margen izquierda fábricas y quintas de recreo rodeadas de naranjos; pasamos por Coria y por Paebla del Eío, y llegamos á las Cortas que tanto favorecen la navegación por el Guadalquivir. Las dehesas de Concha Sierra y del Saltillo presentaban á nuestra vista inmensas y verdes llanuras. Algtino que otro toro madrugador se encampanaba al vernos, y luego volvía la cabeza y se alejaba con olímpico desdén Pronto empezaron los marineros á trincar los bocoyes de la carga, como necesaria precaución contra el oleaje del mar próximo, y aún andaban apretando las cadenas cuando llegamos avista de Bonanza, donde el rio, que parecía venir dormitando, se arranca con un desperezo monumental, se extiende, se ensancha y se desborda, como si quisiera desembocaren columna de honor ó á todo galopar de sus ondas, formadas en magnífica línea de batalla. Y á modo de banderines do guías que alineasen la formación preparando el desfile, a lá se alzan el faro de Bonanza, y el de Sanlúcar, y el de Malatdrán, manes del Betis que surgen como fantasmas evocados por la suprema despedida que el rio hace á sus márgenes. Sanlúcar de Barrameda El camino de Bonanza á Sanlúcar es uno de los trozos más selectos dentro do la general hermosura del campo acdaluz. Lo recorrí en una calesa, á la antigna usanza, y aquellos fragmentos de circulo que en su continuo cabeceo describía la capota del arqueológico carrcaje eran transmitidos por la ilusión á los panoramas de entrambos lados del camino, los cuales se presentaban á mi vista curvos también como verdaderos países de abanico. Pinos altísimos sacan su cabeza por encima de aquella arborescencia variadísima; de cuando en cuando una choza, semejante en estructura á los bohíos cubanos, se percibe entre el enrejado de ramas y troncos; piteras y chumberas sombrean las cunetas del camino: aquéllas doblando sus largas hojas Iriangulares, que parfcen inmensas moharras de otras tantas lanzas que brotasen del suelo, éstas mostrando sus hojas grandes y redondas como adargas; lanzas y adargas vegetales, armas ofensivas y defensivas con que se adorna por entrambos flancos toda carretera andaluza. Sanlúcar es un pueblo bellísimo, andaluz tal como soñamos Andalucía antes de verla; no el andaluz árabe, que os trae á la memoria romances moliscos, sino andaluz moderno, que pide ser cantado entre ayes y jipíos por la musa inimitable del pueblo. Casas blanquísimas hasta cegar Its ojos; rosas, claveles y geranios brotando por todos los balcones, cuyas barandillas pintadas de verde pareeen los brotes naturales de tanta flor; rejas que salen de la pared y bajan hasta el suelo, permitiendo pelar todas las pavas de todos los corrales Como notas exclusivamente sanluqueñas, las tiendas de blanquero necesarias para mantener como el armiño tantas paredes, y los establecimientos proveedores de SS. A A. EE. los infantes de Montpensier luciendo sobre la muestra el escudo de los Orleans con el heráldico lambel sobre las lises. Allá, en la parte más alta de la ciudad, como desbaratada, vieja y mohosa celada que, vieja y todo, ostenta orguUosamente Sanlúcar, se ven las ruinas del castillo de Santiago, símbolo del poder casi real de los antiguos duques de Medina Sidonia. Desde las ventanas del torreón más alto contempláis la iglesia de la Merced, y la de Santo Domingo con su hermosa puerta almohadillada, y el palacio del infante D. Antonio Pero yo no había ido á Sanlúcar, como los forasteros del cuento, á por salmón y á ver al duque Bajé del castillo de los Medina Sidonia y encaminé UN PESCADOR DE SAHLUCAE mis pasos á la parte baja de la ciudad, donde tienen su asiento las bodegas de la manzanilla. y aquí he de tributar un cariñoso recuerdo de gratitud á mis amables guías y anfitriones los Sres, de Otaolaurruohi, cuya amabilidad sería lo mejor de Sanlúcar si no existiera por medio su manzanilla. Como fué la suya la primera bodega andaluza que vieron mis ojos, no se irá el recuerdo á cien tirones. Aquel aroma delicioso y tónico, que bastó para quitarme el cansancio y las fatigas del insomnio; aquellos muros de vino, que no otra cosa son la serie infinita de botas apiladas formando naves y más naves; aquella continua tarea de los arrumbadores, que dejan las jarras de trasegar para manejar con igual limpieza la bomba, y la canoa, y la i- erecíc, esa varita de virtudes de las bodegas sanluqueñas y jerezanas, me dejó la picante impresión de todo lo nuevo. -Pruebe usté, me decía el simpático capataz llenando la copa con un movimiento de la venencia que me pareció dificilísimo y gracioso.