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POETAS DE LOS CANTARES SALVADOR ¡Quién fuera ra 3- o de luna, para entrar por tu ventana, subir después por tu lecho y platearte la cara! Yo no sé qué me sucede desde que te di mi alma, que cualquier senda que tomo me ha de llevar á tu casa. Como el almendro florido has de ser con los rigores: si un rudo golpe recibes, suelta una lluvia de flores. Alguna traición me has hecho, morena de mis entrañas, porque te tiemblan los ojos como estrellas bajo el agua. Tiro un cristal contra el suelo, y se rompe en mil cristales; quiero borrarte del pecho, y te mira en todas partes. La vida es un tren que salo con carga de sentimientos, con parada en los amores y fin en el cementerio. Si quieres darme la muerte, tira donde más te agrade; pero no en el corazón porque en él llevo tu imagen. Cuando me esté retratando en tus pupilas de luego, cierra de pronto los ojos por ver sí me coges dentro. ¿Sabes de qué tengo gana? Pues tengo gana, morena, de ver el alba al trasluz de tu larga cabellera. Entro escuadrón de pestañas se mueven tus ojos negros, y cada vez que me miras parece que dicen ¡fuego! El acento dulce de tu voz amada, me parece una ola de iJauto que besa las playas. Tiré una semilla á un surco y una limosna di á un pobre: la limosna so hizo risas, la semilla se hizo flores. Tus ojos son un delito negro como las tinieblas, y tienes para ocultarlo bosque de pestañas negras. DlSDJO DK A N D R á D B RUEDA Dentro de una calavera dejó la lluvia un espejo, y en él á la media noche se contemplaba un lucero. Un rojo clavel de a libia se me figura tu boca cuando despliegas los labios como un circulo de hojas Antes que el sepulturero haya cerrado mi caja, ocha sobre el cuerpo njio tu mantilla sevillana. Junto á un nicho solitario hizo un ruiseñor su nido, y cuentan que el esqueleto se sentaba para oirlo. Por tus pupilas azules voy flotando mar adentro buscando tu corazón, quo es el país de los sueños. Cuando eche mi cuerpo flores sólo una cosa te pido: que las pongas en el pecho donde no pude estar vivo. Yo le pregunté á una tumba qué fué de mi amor primero, y un ciprés me señaló á las alturas del cielo. No soy dueño de mí mismo ni voy donde á mi me agrada atado llevo el deseo al hilo de tu mirada. La campiña cuando sales se inunda de luz alegre, y las hojas de las ramas baten las palmas al verte. SALVADOR R U E D A