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Los ciaoo portugueses izaron en un bastón la bandera portuguesa, que á prevención traían, y en otro un trapo blanco en señal de parlamento, que así lo entendieron los negros como si hubieran izado una zapatilla. Sin embargo, como las colonias portuguesas no estaban muy distantes y algunos de aquellos negros habían tenido trato con los portugueses, acogieron amistosamente á los blancos, aunque Jalúa, rey de los negros, ordenó á los aventureros que acampasen á una milla del cabafíal. Las mujeres y las hijas de los indígenas eran monstruos de fealdad tan acabados, que ninguno de los portugueses osó acercarse á ellas; y estaban ya desesperados y casi resueltos á abandonar el campo, cuando supieron que el rey Jalúa guardaba oculta en su choza á una mestiza que, según las señas que de ella daban los negros, era muy apetecible; con estas nuevas se encendieron los deseos de los aventureros, los cuales resolvieron conquistar con ardides y con maña á la mestiza y burlar al rey Jalúa, ya que por la fuerza era imposible conseguirlo en atención al valor y al número de los servidores del rey. Con tales intenciones hiciéronle una visita para regalarle un espejo roto y varios trapos, que fueron admirablemente recibidos; pero en vano buscaban los portugueses con ávidas miradas á la mestiza: las otras habitaciones de la choza estaban cerradas con puertas de hojas y ramas secas, tan espesas y tupidas, que no dejaban á la curiosidad resquicio alguno; y ya salían todos tristes y mohínos por los resultados de su embajada, cuando Ferreira, al trasponer la entrada, at sbó por una hendidura de un tabique y descubrió ¡oh asombro! un pie algo moreno, pero de corte europeo y femenino: un pie suculento, suave, dulce, ideal, bellípimo; un pie que aseguraba el feliz e xito de la colonia, el engrandecimiento de la patria, el honor y la prosperidad de los portugueses en África. Cuando llegaron al campamento, Ferreira les dio cuenta de su felicísimo hallazgo, describiéndole con tan vivos colores y con tan puros rasgos, que proclamando todos aquella cuestión de la mayor trascendencia, se reunieron en consejo para deliberar sesudamente. Allí mostraron las opiniones más contrarias y los planes más audaces: hubo quien propuso pasar á cuchillo á los negros, quemar el cabañal, exponie ndose á convertir en chicharrón la pierna sublime donde se apoyaba la prosperidad de Portugal en África; alguno trató de comprar á la mestiza y rifarla despue s, como si se tratara de un carnero; pero el más ingenioso de todos, que era un joven estudiante de Farmacia llamado Martins Oloa, propuso regalar al rey media botella de aguardiente mezclado con opio, y mientras á S. M. Negra le rindiera el sueño, apoderarse de la mestiza. De este modo se hicieron las cosas: ala caída de la tarde fueron al cabañal y regalaron al rey el aguardiente mixtificado; bebieron S. M. y sus ministros; aprovechando su sueño bebieron tan, bien sus criados, y cuando la noche tendía sobre el cabañal su negro velo, en el palacio del rey estaba la corte profundamente roncando. Los portugueses, sospechando este resultado, comisionaron á Martins Oloa para que fuese en busca de la mestiza, la cual había de ser entregada á quien le cupiese en suerte; y el joven farmace utico, á favor de una linterna sorda, cumplió tan fielmente su cometido, que cogiendo á la mestiza por una mano y á fuer de hidalgo, sin levantar el más pequeño velo á su honestidad averiada, con dulces palabras y algunos higos chumbos condujo á la mestiza al campamento, donde sus compañeros le aguardaban con ansiedad febril. No quedaron muy contentos cuando á la luz de un farol descubrieron y examinaron las bellezas de la mestiza; pero tales deseos tenían de hallar próspero fin á su aventura, con tales ansias anhelaban que la colon- a prevaleciese y la población portuguesa se dilatara, que siendo la mestiza china como era, con trasuntos de negra y mezcolanzas de cobriza, tan lisa por uno como por otro lado, aunque algo respingada del uno y abrumada del otro, cñn sus piques de pelona y sus tantos de mellada, se encendieron todos de amor por ella é hicieron tan feas trampas y tan indignos amaños en el sorteo que había de elegir al poseedor de la cautiva, que amoscados los hidalgos y llenos de recíproco furor, comenzaron á golpearse con estacas y piedras y á tirar de la cautiva unos por aquí y otros por allá, con tales bríos, que arrancaron en jirones las escasas envolturas que cubrían sus amarillas carnes, las cuales delataron la presencia de un chino mozalvete en vez de la deidad que apetecían; y cargando en su ánimo sobre el furor de sus deseos el enojo de aquel terrible desengaño, la emprendieron todos con Oloa, Oloa con el chino, el chino con todos, moviendo tal zambra y belicoso estrépito, que los soldados del rey acudieron con armas temiendo la proximidad de un