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encarnado, que son, seguramente, más modernas de lo que parece. Al lado, el altar con la tumba; aquel altar donde vienen á rezar de tan lejos aldeanos, caseros, curiosos, enfermos, devotos y fanáticos. El artesonado del techo, un techo tan bajo que se llega con las manos, es dorado, magnífico. La colección de reliquias, notable. Todo está tan limpio y cuidado, que parece que no lo tocan manos humanas. Una verja permite á los devotos de menor cuantía rezar desde fuera. Y al salir y volver á bajar la extraña escalera, adornada de grandes santos que sirven de remate á las esquinas de la barandilla, se ve allá abajo el claustro sombrío, que da la vuelta á la casa, y por el cual volvemos á pasear para que acabemos nuestra visita viéndolo todo, hasta el gran refectorio y las cocinas. y aquel simpático y dulce Padre Vinuesa, que antes de ser jesuíta hacía buenos versos, y que es quien hace los honores de la casa, tiene ya esperándole cinco ó seis personas, y volverá á subir y bajar durante CAPILLA FBINCIPAL DE LA SANTA CASA todo el día y repetir lo mismo á tanta gente. Sabe cómo ha de hablar á cada recién llegado, y á los extranjeros hablará á cada uno en su lengua, porque es ilustradísimo y habla á la perfección cinco ó seis idiomas. El Padre Ohurruca, con su buen humor y graciosa conversación, nos enseñará el refectorio, que es en verdad magnífico y abre el apetito. Allí comieron en cierta ocasión la Reina Isabel y luego su hija la Infanta del mismo nombre, y pudieron apreciar la paz que se disfruta en comedor tan vasto y tan capaz, supuesto que hasta cien ó ciento cincuenta Padres de aquéllos ó de otros cabrían en él y tendrían sitio de sobra. La tribuna para el lector ocupa gran espacio entre dos grandes cuadros al óleo, de esos cuadros que sólo se ven en España, de vidas de santos. ¡Las vidas de santos que uno ha visto desde Cádiz á Irún y las vidas que tienen! ¡Dichosos ellos, y más dichosos aún los que, como los jesuítas de Leyóla, pueden pasar la vida tranquila de aquel convento, monasterio, colegio (que de todos modos se le llama) que dejamos mientras doraba el sol los azules montes que le rodean, y envidiando á los que, según todas las apariencias, pasan allí vida dichosa, mientras nosotros en las grandes ciudades vivimos en la lucha constante de las grandes pasiones! EusEBio BLASCO