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otro que fué ministro célebre, confesor de reyes, político notable. Los libros no son muchos: la biblioteca es más bien modesta; pero el salón que hay cerca es, con ser el más sencillo de la casa, el que más nos interesó. Figúrese el lector el salón de una escuela de párvulos con veinte ó treinta pupitres pintados de negro, y en cada uno de ellos un tintero de barro; ni más ni menos. En el fondo, sobre un par de gradas, la presidencia. Allí acudieron, dos años hace, los jefes del jesuitismo de todos los países de la tierra; vinie- írx: I ALTAE MArOE DE LA IGLESIA ron del último rincóa del mundo, porque en el último rincón del mundo los hay, y son cada uno de ellos la suprema autoridad en su país; los presidió el Padre Martín. ¿Qué venían á hacer y á qué venían de tan lejos? Sobre los pupitres están aún escritos en sencillas tiras de papel los nombres de aquellos viajeros: nombres alemaneí, rusos, armenios, húngaros, portugueses Venían á elegir su general. Y al hicerse el escrutinio, el Padre Martín se encontró con que el elegido era él. -iQué sorpresa! exclamé yo. Le haría mucho efecto- -Ninguno. ¿Qué dijo? -Dos ó tres palabras nada más. Lió las gracias, se levantó la sesión, y á los dos días volvieron todos los votantes á sus naciones respectivas. Esta sencillez en las costumbres y ceremonias de la Orden es verdaderamente única. Las habitaciones que fueron del fundador constituyen para el visitante vulgar lo más notable de la casa. Allí está el cuarto de dormir de Ignacio de Loyola; su cama con las ricas colgaduras de damasco