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UN PRECEPTO CONSTITUCIONAL CUENTO ¿Quién no conocía en Madrid, en el primer tercio de este siglo, á D. Justo Bueno, llamado por antonomasia el Doceañista? Tal era la admiración, ¡qué digo admiración! la idolatría que le inspiraba la obra de los legisladores de Cádiz, que no sólo sabia de memoria toda la Constitución, á pesar de sus 38 á artículos, sino también el preámbulo y los nombres de los diputados que la suscribieron. Nada le parecía mejor, sin embargo, hasta el punto de arrancarle lágrimas y de producirle escalofríos de entusiasmo, que el célebre artículo V I asombroso monumento de la previsión humana, en el cual se lee esta frase inmortal, Es una de las principales obligaciones de todos los españoles el ser justos y benéficos. A cada momento recordaba este artículo: lo repetía al acostarse y al levantarse, y antes de comer y después de los postres completaba con él la bendición de la mesa y las gracias á Dios. Cuando en 10 de Marzo de 1820 dio Fernando V I I el célebre manifiesto proclamando la Constitución, que terminaba con aquella frase famosa marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional don Justo, enajenado de júbilo, propuso en su corazón, y aun juró sin reservas mentales, acatar y cumplir fielmente los preceptos del Código fundamental, y en particular el articulo V I Mas su conciencia, su estrechísima conciencia, vióse pronto asaltada por terribles escrúpulos. ¿Era justo que sus criados le sirviesen siempre, cuando él no les servía jamás? ¿Era justo que ocupase constantemente el interior de su coche, á cubierto de la lluvia, del frío ó del sol, mientras el cochero sufría sin cesar los rigores de la intemperie? Procuraba desvanecer sus escrúpulos contestándose á sí mismo: -Es verdad; pero en cambio yo pago á mis criados y ellos no me dan dinero. Entonces el gusano roedor de la conciencia replicaba: ¿Es justo que tú seas lico y ellos no? ¿Es justo qne andes en coche, cuando la mayoría de tus semejantes van á pie? ¿Es justo que tú puedas dormir de puro harto, cuando hay tantos desdichados á quienes el hambre hasta les roba el sueño? ¿Es justo, en fin, que goces de lo superfino, faltando á muchos lo necesario? A esto respondía su otro yo, eJ verdadero yo: ¿De qué serviría que fuese justo y benéfico hasta el heroísmo, exagerando el precepto constitucional, cediendo, por ejemplo; riis bienes á favor de los pobres como han hecho tantos bienaventurados, si los demás españoles que nadan en la opulencia no habían de seguir mi ejemplo? El reparto de mi hacienda entre los menesterosos equivaldría á una gota de agua dulce vertida en el amargo mar de la miseria. ¡Ahí Si todos los