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-Bien, le dijo el padre espiritual echándolo á chacota. T él, tomándolo por lo serio- ¿Si? repnso. Pues mire usted, me ha salido de golpe. Y en efecto, apenas el Supremo Hacedor acaba de elaborar esta enorme pelota, y no llamo asi al planeta por sus faltas, sino por la forma esferoidal, se le ocurre á Luzbel ponerse al frente de una huelga de ángeles, y caten ustedes á la envidia enseñoreada del universo. ¿Ya hay en la tierrados hombres juntos? Pues ya tienen ustedes á Caín blandiendo un revólver de la época y quitando de en medio á su hermano Abel por si sus sacrificios eran ó no más gratos á los ojos de Dios que los del fratricida, el cual, según parece, no le destinaba al Altísimo más que lentejas con gusanos, como las que dan en los establecimientos del Estado algauos contratistas de suministros. Pero de todas las envidias, la más temible es la que procede de la rivalidad artística, porque esa tiene para vengarse dos armas igualmente poderosas: el puñal y el ingenio. Y ahi v a u n par de ejemplos para concluir; pues, entre otras muchas cosas, no debe abusarse, ni de los favores de iina mujer, ni de la benevolencia del lector. Domenico de Venezia inventa él procedimiento para pintar al óleo; se lo confia á Andrés del Castagno, y éste, reconocido á tamaña prueba de amistad, le asesina y se apodera del secreto, explotándolo en provecho propio. Pero, en fin, Andrés el de los A. horcados, sobrenombre con que se le conoció después del éxito alcanzado por sa lienzo El suplicio de los Pazzi, pintado para la Señoría de ITiorencía, era un pintor viejo ya en tiempo de Pedro de Médicis; de modo que aunque pertenecía al Eenacimiento por el omega, por el alfa de su vida arrancaba de las postrimerías del periodo medioeval y manejaba mejor el cachete que el capote; al paso que la envidia moderna hace las cosas como van ustedes á ver. Kn una escena de un drama cuyo nombre no puedo recordar ahora precisamente que lo necesito, el gran actor Predérick Lomaitre aparecía llevando en sus brazos á un individuo modi desnudo á quien acaoaba de salvar de un naufragio, y, rendido de fatiga, al tocar tierra lo deiaba caer en el suelo. Parece ser que el comparsa encargado del papel de náufrago hacia tan á la perfección aquella caída de un cuerpo inerte, que el público le tributaba cada noche una ovación como la que alcanza en España un drama en verso malo; ovación que, vaya usted á saber por qué, despertó la envidia del coloso, que contaba tantas y tan ruidosas en su carrera. Aquello era una obsesión. No se le cocía el pan en el cuerpo buscando un ardid con que destruirle al pobre hombre el éxito de su porrazo. Una vez apeló al recurso de pellizcarle la pantorrilla, pero el comparsa se aguantó como un muerto y se dejó tirar en el tablado sin proferir una queja. Al día siguiente ya no fueron las uñas, sino un alfiler lo que le introdujo por la parte más carnosa de su individuo, que, como si estuviera anestesiada, no logró arranear a l a victima ni la más ligera contracción de u i músculo. La cosa andaba ya de capa caída, cuando una noche, al aparecer los dos personajes, se ven al desmay do que, encogiendo y estirando las piernas, se libraba á unas contorsiones tan ridiculas, que el público le proj inó uno de esos meneos de que Dios nos libre á mi y á mis demás compañeros de literatura dramática. ¿Que qué era? Pues nada: que el artistazo envidioso le estaba haciendo cosquillas en las plantas de los pies. ENRIQUE GASPAE DIBUJOS DE MARTÍNEZ ABADES