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LA ENVIDIA Sin que esto sea oponerme á. lo que manda la Santa Iglesia Católico- A. postólico- Eomana, á la que tengo la inmensa dicha de pertenecer, para mi no existe más que un solo pecado capital: la envidia. Los demás son la satisfacción ilícita de un deseo, el cumplimiento pecaminoso de una debilidad; un acto, en fin, censurable y hasta punible, pero justificado en cierto modo por el estímulo que lo provoca y por el placer que procura el cometerlo. Mientras que en la envidia todo es pérdida: allí se peca sin compensación y sin motivo. Porque, vamos á ver: ¿qué j me impo i gros como unas moras, ni qué beneficio me reporta el mortificarme por ello? Es sufrir por sufrir; al paso que en los demás vicios se falta al deber, es verdad, pero ¡qué caramba! se divierte uno. rigúrense ustedes por un momento que la critica teatral, ese organismo que, gracias á Dios y en buen hora lo digamos, es de lo poco que aún se conserva sano en nuestro país, se volviese loca un día, que todo es de temer en los tiempos que corren, y empeñándose en hacer de mí un genio por fuerza, saliera diciendo en los periódicos: ¿Quién? ¿G- aspar? El primer autor dramático del mundo. ¿Qae los personajes de sus obras son unos monigotes sin asomo de verosimilitud? Es verdad. ¿Que las situaciones surgen porque á él le da la gana y no por la lógica de los hechos? Es indudable. ¿Que el estilo es incorrecto y trasnochado? No se puede negar. Pero ¡Ah! ¡Aquella manera de coger por el ombligo á los espectadores y hacerles creer en fuerza del dolor que lo malo es bueno! Nada, nada: cuando Gaspar escribe un drama, es Calderón; cuando hace u n í comedia, Moratín. Por supuesto, mei orados. Paes bien: oígase usted decir esto do su humilde persona, y no tenga usted soberbia. Tenga usted soberbia, y no goce usted como un pavo cuando ve que lo miran. Porque aun cuando al principio uno sería el primero en protestar de tamaña irreverencia con nuestros clásicos y maestros, si daban en repetírselo, al cabo le pasaría lo que á aquel embustero de Martigues, que de regreso de una excursión á Marsella contaba á sus convecinos que había visto pescar una sardina tan grande que pillaba toda la Cannebiére, y como el pueblo se desterrase para ir á admirar el fenómeno, nuestro hombre, asombrado de su propia obra, enganchó su tílburi y- -A Marsella, exclamó chascando el látigo; porque, después de todo puede que sea verdad. Pues lo mismo acontece con la avaricia. Desde 1 que se priva de lo necíisario por ahorrarse un perro chico, hasta el que carece de sentido común por no gastar una idea, el avaro experimenta un goce infinito creyendo poder contar, ó con una inteligencia que no tiene, ó con un capital que no le sirve para nada. Pasando como sobre ascuas sobre el individuo para quien no son costal de paja los encantos femeniles, y en corroboración de nuestro aserto, repetiré con el personaje de La familia improvisada, de Ventura de la Vega: Pues, por más que diga mi mujer, lo que es éste se debe haber divertido mucho. Finalmente: el que larga un temo para dar escape á un arranque de ir el que come con gula, el que se tiende á la bartola arrastrado por la pereza, todos se complacen al trasgredir si 3 deberes. El envidioso es el tínico que no se alegra hasta que le sale al vecino un orzuelo en el oio; es decir, qr. e sólo goza cuando se le acaba la envidia; por consiguiente, mientras la tiene, peca de balde. Otra circunstancia digna de mención es la de que los demás pecados capitales nacen después del hombre, como consecuencia de una necesidad suya, y se desarrollan en la progresión en que el individuo se constituye en familia, en tribu ó en pueblo; pero la envidia aparece con el mundo y surge de sopetón, como la respuesta del gitano, á quien preguntándole el cura quién era Dios, contestó: San Eoque.