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DON OBDULIO, AUTOR DRAMÁTICO D. Obdulio y su señora son visita de casa. Yo les conocí en Portugal un verano, y se bañaban juntos en la misma pila de agua caliento, lo cual me ha demostrado que se aman como el primer día de matrimonio. D. Obdulio y su señora tienen tros hijos: e) mayor, do doce años, y la menor, do siete. Hasta que estuvimos todos do regreso en Madrid no supe quo D. Obdulio era poota. Yo le tenia por procurador de los Tribunales, buen esposo, excelente manchego y padre amantísimo; pero ignoraba en absoluto que fuese autor de tros dramas inéditos y do diferentes poesías sueltas, dedicadas unas á su esposa, otras á su pueblo natal, Torrijos, otras á Becerra, y otras á María Santísima en sus diversas advocaciones. La otra mañana, mientras yo escribía un articulcjo para cierto poiiódico, vino á vorme y á decirme: -No sé si usted sabe que ye compongo ¿Qué? -Quiero decir, que versifico. Y deseo que venga usted esta noeb. 0 á mi casa á oirme loor una obra. ¿Una obra? -Si, señor; un drama. He citado á varios amigos, porque estoy dispuesto á salir de la obscuridad. Me lanzo á las tablas. Si me dicen en aquel momento quo so había casado la Cibeles; si mo dan la noticia de que estaba para casarse el caballo de bronce do la Plaza Mayor, no mo sorprendo dol modo que me sorprendieron las palabras de D. Obdulio; pero contuve mis impresiones y prometí que asistiría aquella noche á la lectura del drama. Guando entré en el domicilio de D. Obdulio, ya estaban allí dos ó tros convidados á la lectura, y entre ellos un joven, manchego también, que escribe piezas para Eslava y tiene una cicatriz junto á un ojo, á causa de un patatazo que recibió en un estreno. Doña Irene, la esposa de D. Obdulio, había procurado corresponder á nuestra atención encendiendo varias luces y colocándolas sobro a consola, la mesa del pasillo y la camilla del gabinete. Encima de un volador, sito en el centro de la sala, había un quinqué de plomo, imitando bronce, y á su lado un mamotreto, ó sea el drama de D. Obdulio. Cerca del mamotreto una bandeja con pitillos y cinco ó seis puros do diez céntimos. En la consola otra bandeja con cuatro vasos de agua y algunos bollos en libertad. -Sólo faltaba u s t e d dij ome D. Obdulio alargándome la mano. Conque á sentarse. Boña Irene me recibió con una sonrisa placentera, y los niños, que me conocían y me amaban por haberme visto en Portugal, vinieron á presentarme los rostros para que imprimiese en ellos un beso amante. -Ea, vamos allá, dijo D. Obdulio colocándose ante el velador y abriendo do par en par el primer acto de su drama.