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ílosario contaba veintidós años y íerieo veintiséis cuando se casaron. Uno y otro eran huérfanos. El tío que había servido de madre, según él decía, á Éosario, no se opuso á la boda. Verdad es q ue lo mismo hubiera sido. Kosario y su esposo habían establecido una venta camino de Arohidona, y vivían con cierta holgura. El número de parroq uianos era cada día mayor, no se sabe si por el buen género ó por hablar con 1 a ventera; aunque María Bosa no gastaba más conversación de la que creía conveniente. Tenían algunas tierras cerca de Antequera, y Perico salía á. trabajar en lo suyo todos los días y regresaba ya de noche á la Venta. Rosario, con un criado y una moza, atendía á la casa y al cuido de su hijo, que era un nene de seis años tan hermoso como la madre y tan listo como ella. Asi estaban las cosas cuando ocurría lo que va en este cuento. Un amigo de Pe rico, abusando de la confianza que ins piraba á Rosario, presentó en la Venta á un extranjero, hombre de mucha luz según el q ue le presentaba, buen parroquiano y buena persona. -Es un inglés de ferrocarril, dijo el amigo; un ingeniero de esos que jasen los puente y se meten bajo e tierra y pratican los túneles- -Ya, ya; ¿y qué quiere místei? preguntó Rosario. ¿Pues qué ha de querer? Refrescar aquí, y almorzar y comer y tó; porque como no tiene familia en España y viene á estudiar un camino no sé pa donde, esto le piya cerca. Y asi fué que el inglés continuó visitando primeramente con el amigo y después solo, la venta de María Rosario. Pero con tanta corrección, que llegó á inspirar confianza á Rosario. Llegó un día en que el hombre creyó tener el terreno ganado. La ventera le sonreía cariñosa, el marido también le trataba con cuanta amabilidad le cabía dentro. El chiquitín jugaba con el inglés, y aun se atrevía á decirle: ¿Poiqué no jabla claro? Paeses un máscara. íío tardó Rosario en penetrar las intenciones del parroquiano. Cierta noche, y aprovechando la ausencia de Perico, qué había salido para Málaga, logró sobornar á los criados y entró en la Venta, fingiéndose borracho. María estaba sola con su niño y disponiéndose para acostarle. ¿Qué ocurre? preguntó. El inglés, por toda respuesta, besó al niño y dijo: -Que es usté mu bonita, Rosario María se levantó y llamó á los criados, que no respondieron. El inglés soltó la carcajada, -Todos dormidas, replicó. E yo quererte de veras. La hermosa Rosario vaciló; no sabía qué partido tomar; estaba vendida. Llevó aparte al niño, y éste salió de la sala. ¡Ah! ¡Bon! Tú misma despide á children Y el inglés se frotaba las manos de gusto. ¡Por Dios! suplicaba Rosario después de ver lo que esperaba. Y eran los zapatos de Perico asomando por debajo de la cortina de percal que cubría la puerta de la alcoba. ¿Qué? preguntó el inglés algo escamado. -Mire. Y diciendo esto, indicó Rosario disimuladamenta los zapatos de Perico. ¿Eh? ¡Sapato! ¡Sapato! ¡Sapato! exclamó el inglés. Y sin aguardar á más razones, salió de la sala. ¡Oye, Perico, espera! gritaba María, mientras volaba míster por la carretera de Archidona. Y el chiquitín salió corriendo y gritando: ¡Sapato! ¡Sapato! ¡Cómo core! EDUARDO DE PALACIO D I B U J O S DK ALBERTI