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MADRID DE NUCHE UN RINCÓN DE FORNOS Los cafés de Madri l tieaen cada cual su fisonomía earacteristica, su especial cnclu- t, que les presta por su calidad ó por su número la concurrencia habitual que en ellos se reúne. El Madrid burgués, tranquilo, un poco cursi, pero siempre deliciosamente pacifico y honrado, le veis en los cafés de piano y media orquesta, donde los sábados no se puede echar un alfiler porque las tertulias de familia pueblan los ámbitos del salón tomando el café en vaso y con mucha ración de azúcar; el Madrid do los políticos y de las comisiones de proviuei s le véis en las cervecerías cercanas al Congreso; aún se respira en la atmósfera del viejo Pombo el vaho romántico de las primeras tertulias literarias de este siglo, y los que van á tomar alli el sorbete de arroz recuerdan á los lechuguinos y petimetres que esperaban en el mismo sitio el paso de la procesión del Corpus; en el Inglés y en el Diván contemplaréis á todas horas las caras afeitadas de los cómicos, eternos paseantes de la calle de Sevilla; gente joven, bulliciosa y alegre puebla de continuo los cafés del nuevo régimen, con dependencia femenina, establecidos no há mucho en la Puerta del Sol y en la Carrera de San Jerónimo. Mas por su antigüedad y crédito, por resistir los vaivenes de la moda, por su dimensión y acaso también por su posición topográfica, hábilmente estratégica, el Suizo y ITornos, colocados en la calle de Alcalá frente á frente, parecen los campeones de dos bandos opuestos, aunque no precisamente enemigos. En lenguaje constitucional, diriamos que el Suizo es el Senado y Eornos el Congreso: de aquél son los madrileños vÍPJoí las peñas tan antiguas como el café, las generaciones que se van y la concurrencia sensata y pacifica que á media noche dei a vacio el establecimiento; de 01 nos son las tertulias de literatos jóvenes, de oficiales, de estudiantes, de todo el Madrid joven, alegre y emprendedor que devora el Her Ido y La Correspondencia por las noches, discute con fuego juvenil las cuestiones políticas ó literarias del momento, y aquilata, pesa y mide los méritos de la tiple en boga, del escritor en brecha, del estreno reciente, dé la frase, anécdota ó especie chismográfica en circulación. Cuando los demás cafés empiezan á despoblarse, Eornos llega al auge de, su población, y los cortinones rojos que tapan las cancelas del chaflán y de la calle de Peligros no cesan de alzarse y caer, dando paso á los concurrentes que llegan á cenar después del teatro. Cada peña tiene su nombre, cada mozo su feudo, cada mesa sus asistentes fijos. Así es que quien entra en Fornos solo é ignorante y se sienta á su sabor en una mesa, puede ver en la cara de extrañeza de los vecinos que algo malo ha hecho: malograr una tertulia por lo menos. Avanza la noche; ya han apagado el reloj de la Equitativa, pero aún brillan, delatando las luces interiores, las grandes ventanas del café, adonde asoman el rostro los transeúntes curiosos. Allá abajo, pn la cripta de Fornos, no se ve el mármol de las mesas ni el rojo de los divanes; la concurrencia oculta el menaje, y la única nota chillona y clara la dan los vestidos de la concurrencia femenina. Poco á poco los mozos van. colocando los tableros en las ventanas; el encargado de la luz va apagando aparatos conforme desfila la concurrencia, y ya al amanecer salen los últimos trasnochadores inclinando el cuerpo, mientras los mozos se inclinan también, no para salir por la puerta de Peligros, convertida en gatera, sino para reconocer loa divanes, bajo los cuales suelen circular los randas y colilleros en busca de un sueño tranquilo, si no hay otra cosa que más se pegue al bolsillo ó al riñon. iFotog. cíe M. Pranzen. Lüís BERMEJO