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de músicas populares, la arena del circo pisan los toreros, deslumbrantes con la plata, con el oro y la seda de sus trajes. Tras los dos alguacilillos, jinetes en alazanes, caminan los matadores, los banderilleros ágiles; y sobre angostos rocines, de piedra á los acicates, tan ayunos de cebada como cecina en la carne, los picadores membrudos con las garroclias pujantes. Luego vienen las mulillas que sirven para el arrastre, y mozos y servidores de picaresco linaje. Los que comienzan la lidia los obulillos, y hecho un jaque, desplegando la muleta, el espada va á, matarle. Defiéndese el toro y huye, y el pobre diestro, sin arte y cien veces desarmado, con la fiera lucha en balde, y á pinchazos la acribilla, sin saber lo que se hace. Eompe al fin la muchedumbre en protestas malsonantes: de silbidos y cencerros estallan las tempestades. El clarín, con tono agudo, repite avisos mortales, y se presentan los mansos cabestros para llevarse al ancho corral el toro, que los reconoce y lame. Todos injurian al diestro. disparan, en su coraje. El lidiador, golpeado, sudoroso, jadeante, suelta la faja, el vestido rasgado por varias partes, con salpicaduras negras y rojas de lodo y sangre, alterado su cerebro por la rabia y los ultrajes, sin muleta y sin estoque, con la ñera va encontrarse, porque el valor no le falta aunque la industria le falte. Sobre las astas del toro, decidido á que le mate, se arroja: la res voltea aquel cuerpo miserable, y harta de herir lo abandona inmóvil como un cadáver. Arranca el horror un grito J i ¿t í JW i. V jmk i s -y por la plaza se reparten, y retiranse los otros esperando que les llamen. A la señal imperiosa del clarín, el toro sale; muge, y escarba la arena y se dispone al combate. Embiste con ciega furia, y en su piel negra y brillante los picadores rijosos bordan sangrientos ojales. Le clavan los rehiletes vociferando: ¡Cobarde! ¡Que el dinero nos devuelvan! ¡Bribón! ¡No tiene un adarme de vergüenza! ¡Que le traigan un caracol! ¡Huye! ¡Zape! ¡Ojalá te coja el bicho! ¡Maulón! ¡Que se va la tarde! ¡Que se desmaya! ¡Qué miedo! ¡Pillo! ¡Ladrón! ¡A la cárcel! Y bastones y naranjas y botellas relumbrantes al diestro y sobre la arena universal, espantable; y al ver que al diestro levantan, que alienta y los ojos abre, la rugiente muchedumbre, en sus afectos mudable, acaso á piedad movida, palmas estruendosas bate. El matador, que las ere, con el brazo ya colgante ensaya el postrer saludo, y dice al morir: ¡Me aplauden! JOSÉ D E DIBUJOS DK P. IIRBA VBLILLA