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picaba los sentidos, y mezclátidose con el de las flores, penetraba todo mi se r y me enardecía. Con su sonrisita de siempre y su tonillo mimoso me ofreció un ramito de claveles. -Este para usted, me dijo; sé que le gustan los claveles rojos Acabaditos de cortar; con este ramito me estreno. Yo no oía sn charla caprichosa y pintoresca; la miraba embobado, como si quisiera meter bien hondo en mi cerebro la imagen de aquella cara de angelito y embriagar mi alma con aquel vaho picante que encendía la sangre en las venas. Tomé maquinalmente el ramo que me ofrecía, le deshice, escogí los tres claveles más grandes y más rojos, y cuando ella me decía ¡Qué contenta se pondrá su novia con el ramito! acerquéme y la prendí atropelladamente en el pelo aquellas flores. Quedóse la muchacha sorprendida y pasmada de mi acción. Yo, sin decir una palabra, le di unas monedas y me lancé á escape calle abajo. Una vez volví la cabeza, y vi á la florista, satisfecha y sonriente, arreglándose las flores que yo apenas la prendiera entre los rizos. Pasados unos días, volví á verla. -Ifecesito un ramo de claveles, la dije. ¿Como aquellos del otro día? preguntó la muchacha poniéndose colorada. -Sí, rojo? la contesté, sin fijarme gran cosa en la pregunta. Date prisa. Que sea muy bonito. Acababa de ver á una linda muchacha amiga mía, y quise echármelas de galante obsequiándola con un ramito. Revolvió la florista su canastilla, y puso en mi mano un petit bouquet precioso y fresco, ¡Qué lindo! exclamé. ¡Pero eres tú más bonita que todas las flores del mundo! Toma los cuartos y este clavel que te regal o. Y arrancando uno del ramito, le besé mirando á la boquita de la morena y se le di; ella le cogió sin decir nada, y probó á ponérsele en la cabeza en el mismo sitio en que días antes la prendiera yo aquellos tres claveles. Entretanto se había acercado mi amiga, á quien ofrecí el ramo de clávele? que aceptó, agradeciendo mi fineza. No bien lo tuvo en la mano, cuando oí detrás de mí un grito débil y extraño. Volvime á ver qué pasaba, y me encontré con aquellos ojazos negros de la florista que llameaban de coraje. La vi arrancarse del pelo la flor que acababa de ponerse, y arrojarla al suelo rabiosa y murmurando con un tonillo que se la ahogaba en la garganta: ¡Eran para otra! CLBMKNTR DIBUJOS DE D I É G U E Z BRAVO