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CLAVELES ROJOS Qné quince años más bien aprovechados lo3 suyos! Era fresca, gallarda, preciosa, de andares briosos y tex morena; tenia unos ojazos negros como el azabache y un mirar tan reluciente y provocativo, una sonrisita tan picaresca y una voz tan zalamera y melosa, que así se explica que pudiera atrapar compradores como ella decía, y ganarse la vida con aquel oficio poco lucrativo de florista al por menor. ¡Claveles rojos! Señoritas, una docenita de claveles frescos. Son los primeros de la temporada. Si el transeúnte era un pollo aristocrático y almibarado, solía decirle: -Señorito, cómpreme usted un ramito de claveles jojos para su novia... Y ponía una carita de inocentona al decir esto y fijaba en el señorito unas miradas tan dulces, que no había quien se resistiera y no la comprase un ramito, regalándola de paso algunos chicoleos. Asi es que Lola (así se llamaba la morena) recogía más flores aún que las que despachaba en todos los sitios á donde acudía; y así iba viviendo, contenta, feliz, con el corazón alegre como el de un niño á quien no preocupa el porvenir, ni la vida ofrece más que horizontes de luz y ensueños celestiales. Otra muchacha, con los ojos, el palmito y el garbo de la florista, hubiera sido altiva, ambiciosa; más buena para inflamar corazones que- para rendir el suyo al primer asedio. Pero Loiita era muy joven aún, y en su alma pura no había c avado sus dardos de fuego el amor, ni el más leve oleaje de las pasiones conmovía su pecho virginal. Era dichosa, con esa dicha plácida, serena, de las almas inocentes, que viven, como las flores, rodeadas de sus propios perfumes; y si brillaban sus ojos y se contraían sus labios con un mohín de picaresca alegría cuando la llamaban bonita, era por sentirse satisfecha al ver que la decía verdad el espejo; que hasta á ¡os ángeles les debe de envanecer saber que son guapos y que se lo llamen. Y nada, más; á eso se reducía todo su orgullo y toda su ambición y escy sólo entendía de cuanto la hablaban; de amor, ni palabra. Algunos señoritos, entre si el ramo de clavetes ó el de pensamientos les gustaba más, la decían mil cosas de amoríos y ternuras, cosas muy finas, muy biea dichas, y acompañadas de unas zalamerías y unos suspiros que hacían estallar de risa á la muchacha, que no sp podía contener ¡la inocente! al ver la cara de bobos que ponían sus amantes del momento para decirle aquellas frases dulzonas que ella apenas entendía. ¡Vaya, cómpreme usted el ramito! solía decir por toda respuesta, y deje esas cosas para las señoritas. Y enseñaba su mercancía, y ponderaba sus ramos de flores y lo bien que le sentaría un botoncito de rosa en el ojal al enamorado comprador, que acababa por soltar los cuartos y rogar á la morena que le prendiese una flor en la solapa. Un día la vi muy temprano, cuando acababa de abrir su puesto. Me pareció más hermosa que nunca, más espléndida su mirada y más rojos é incitantes sus labios. Aquellas carnes tentadoras exhalaban un perfume tibio que rhy