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DAR DE BEBER AL SEDIENT i. V 7 í i 1. Días hace que tenemos encima la primavera, con sus colores, su luz y sus perfumes; la hermosa primavera madrileña, con sus mañanas del Eetiro, sus tardes de la calle de Alcalá, su exhibición de flores y de caras bonitas y rientes; que el mundo, como árbol inmenso, echa á la vez su frondosa población de hojas y su población bellísima de pájaros cantores. Los balcones madrileños, los terrados, las azoteas y las ventanas, lucen el natural y encantador adorno propio de la estación: flores y más flores, que nacen en macetas, en tiestos, en grandes cajones de madera, y á veces en la inútil lata de conservas ó en el vientre del cántaro roto; según es el caudal de su linda dueña, asi la maceta es más ó menos lujosa; según ei. tacto y lo cariñoso del cuidado, así lucen más perfumadas y en mayor número las florps. Ved la hermosa niña que el pincel de Muñoz Lucena ha copiado en su trabajosa aunque para ella agradable faena de cuidar sus flores, para que sean, no ya las más hermosas, sino las más tempranas del barrio. Betiralas del aire cuando sopla el viento de las primeras tronadas; sácalas al balcón cuando el sel disipa los nubarrones; y si el calor aprieta, y el sol, envidioso de las flores perfumadas, quiere agostarlas flechanc o hacia ellas los haces de sus rayos, la niña evita la sequedad mortal de sus macetas con las frecuentes abluciones da su menuda regadera. Dar de beber al sediento una obra de misericordia, lo mismo para los humanos que para las flores de la primavera. DIBUJO DE MUÑOZ LUlOENA