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í ero si plantamos una capitanía general en cada esquina, no será ya poneínos en pie de guerra. Sino en cuatro pies de guerra porl o menos. Empieza á, hablarse, como todos los años por esta época, de la conveniencia de declarar el Congreso en sesión permanente, como las funerarias y las casas de préstamos. El verano se echa encima, el año económico va dando las boqueadas, y es preciso que antes de que termine tengamos presupuestos para el próximo, aunque salgan oliendo á aceite y con puntada larga, como los pespuntes de última hora. Algunos diputados proponen que se contrate al Guerñta para que nos dé tres corridas parlamentarias en un día y despache en veinticuatro horas todos los artículos del presupuesto. No se sabe si apelaremos á las sesiones dobles ó á la sesión permanente, propiamente tal como aquélla que tanto gusto nos dio en Abril de 1893. Lo más probable, si el calor aprieta, es que el Congreso de los Diputados se reúna por la noche. Los padres de la patria podrán dar en sus hogares esta excusa para pasar la noche fuera de casa, y en el salón de sesiones se pon- drá este cartel: Por aquí se votan de noche los patrios presupuestos. Los serenos gritarán por la calle: -Las tres en punto, ¡y Congreso! Los dictámenes pendientes quedarán, como es lógico, sobre la Mesa... de noche. Junto ¿la caja de silvelistas de ruido, y al lado de la vela y demás personajes que están ahora en el oandelero. La pública Administración atraviesa estos días el período de paralización impuesto por el cambio de estaciones. El desestero. Algún isidro que quiso aprovechar los últimos días de estancia en Madrid para arreglar asuntos de su- pueblo, volvió á éste haciéndose cruces y sin volver de su asombro. -Aquel Madrid, exclama, es un infierno; en los ministerios no hay cosa con cosa y todo anda patas arriba. He visto señores con galones empuñando una escoba; deben ser los barrenderos de levita que tanto dieron que hablar el año pasado. Otro afirma en plena sesión del Ayuntamiento que en Madrid no hacen caso del contribuyente y le reciben como á un enemigo cuando viene á pedir lo justo. ¿Sabéis cómo me recibieron en el ministerio de Hacienda? ¿Cómo? -Con una barricada. Conviene adelantar ó retrasar un poco el desestero p ra que no coincida con la estancia de los isidros. No está bien que éstos se enteren de todos los trastos que hay en los ministerios. Van á uno, y contemplan las mesas volcadas; van á otro, y ven las sillas unas encima de otras. Triste espectáculo que les hace volverse al pueblo más que de prisa y entregados á la más horrible desesteradón. Los festejos de Mayo han resultado un poco desiguales, pero la culpa es de los meteoros exclusivamente. Y ál decir mete- oros no me refiero al Municipio ni al comercio de Madrid, que habrán gastado en luminarias y palitroques buen puñado de pesetas. Es que la lluvia por un lado y el frío por otro han helado en flor la cabalgata, verbenas, ferias y solemnidades anunciadas. Ningún año hemos visto á estas alturas un tiempo tan crudo y destemplado. Volvieron á salir capas y gabanes apestando á alcanfor, mientras se retiraban avergonzados y corridos los sombreros de paja que ya cubrían nuestras caberas. Decían bien nuestros abuelos: Hasta el cuarenta de Mayo no te quites el sayo. Y mucho menos si el Municipio de Madrid se une con el comercio para hacer fiestas, porque está visto que de tal unión resulta, no una mezcla detonante como hacían pensar los fuegos artificiales anunciados, sino una mezcla ftigorífica de lo más perfecto que se conoce. Los forasteros, que estos días atrás no han tenido más diversión ni más atractivo que contemplar á la Cibeles en su nueva postura, exclam 8, ban contristados al ver en paños menores ese par de gemelos que ha tenido la diosa: ¡Pobres criaturas! Se van á helar. Luis EOYO VILLANOVA DIBUJOS DE CILLA