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t) 6 cómo se llamaba el pueblo es de lo que no puedo hacer memoriaj pero sí parece qtie estoy viendo ahora súS casas de anchos tejados y de corredores ó galerías de madera colocados al exterior, que reclinadas tauellemente en la íalda de un cerro bastante elevado y cubierto todo él de esa verdura monótona y siempre igual tan frecuente en aquellas provincias, se ofrecían á nuestros ojos con aspecto bien distinto de temible é inexpugnable fortaleza. La aldehuela era, con efecto, poca cosa para que nos enorgulleciera su conquista; pero, sin embargo, debía tener relativa importancia en el movimiento- estratégico operado por el cuerpo de eiéroito de que formaba parte nuestro regimiento, puesto que en lo primero en que se pensó fué en desalojar de ella á los facciosos. Esto no obstante, como la cosa no merecía la pena de que la columna se detuviera, se encomendó la al parecer poco importante empresa i, dos compañías, de las cuales, como oficial más antiguo, tomó la comandancia mi capitán. Por el pronto, las cosas marcharon á pedir de boca. El único obstáculo serio que se nos oponía era la defensa natural que prestaba al pueblo un arroyo con pretensiones de río que en el buen tiempo le circundaba apaci- blemente, poro que en aquella sazón, crecido por el deshielo de las nieves, se hacia difícil, ya que no imposible de vadear, á menos de encontrar un paso conocido sólo de las gentes del pais. Pero la fortuna parecía estar de nuestra parte, y cuando ya nuestro jefe daba al diablo la falta de previsión de unos generales que nos habían dejado sin material de guerra que evitara aquel contratiempo, un incidente inesperado nos sacó del conflicto. La indicación de dicho vado vino á dárnosla una pobre mujer escuálida y harapienta, que con un niño de pocos meses en los brazos, no sólo nos facilitó cuantas noticias pudiéramos apetecer, sino que nos puso sobre aviso respecto á la fuerza enemiga, mucho más numerosa de lo que creíamos, que habíamos de encontrar en el pueblo. Con tal acento de verdad nos contó las exacciones cometidas por los partidarios del Pretendiente, con tal ansia se arrojó sobre los residuos de nuestro rancho para apaciguar su hambre, que contra la costumbre de retener á los espías y confidentes, se la dejó marchar con entera libertad hacia su lugar, á que indudablemente la ligaban la falta de recursos en que la había sumido aquella guerra.